5.6. Adiós Roquiño
Hay nombres que no elegimos y que, sin embargo, nos moldean. En mi casa, aquel diminutivo impuesto — Roquiño — fue el eco de un deseo ajeno, de una expectativa que nunca pude cumplir. Este episodio recoge la historia de ese nombre, de mi padre joven y de la niña que fui, vestida con un mameluco azul y cargando sobre los hombros un destino que no era el suyo. Un adiós necesario a una identidad prestada. Mi padre estaba obsesionado con tener un hijo varón. Era tan católico, apostólico y romano que deseaba un niño para meterlo en un seminario y que llegara a ser sacerdote. Creo que aquel era el sueño de muchos padres en una época tan difícil, cuando el seminario se veía como un futuro seguro para los hijos. Pero nació mi hermana Olga. Supongo que su llegada le decepcionó bastante. Se olvidó de inscribirla en el Registro Civil. Así que mi hermana, que había nacido el día 6 de junio, no fue inscrita hasta el día 15 o 16. Aquel era mi padre a los diecinueve años. Cuando fueron a por mí...