Cap.2. La mujer de negro - Primeros recuerdos: Mi primer mural
Algunos recuerdos de infancia regresan con la claridad de una cocina pequeña: el fogón encendido, el chal de lana, los recortes de tela sobre la pizarra del sastre y aquella libertad silenciosa en la que una niña inventaba su propio mundo. Entre hormigas rojas, azulejos convertidos en lienzo y el asombro divertido de una madre, descubrí que mi impulso creativo venía de lejos.
Cuando era pequeña, Fernando, el sastre, me cuidaba si mamá no podía llevarme consigo. Mientras tanto, yo me entretenía con recortes de tela —grises o azules, casi siempre— que combinaba sobre una gran piedra de pizarra que formaba el descansillo de la escalera, como si estuviera haciendo puzles. Fernando, bajo un haz de luz proveniente de un ventanuco cuya contra de madera mantenía abierta, marcaba con un jabón que olía a rosas, cortaba las telas con unas tijeras muy afiladas —¡ras, ras!— resonaba el corte sobre la madera de la mesa. Después sobrehilaba: una puntada tras otra, mientras su mano derecha subía, bajaba, enganchaba la tela empujando con un dedal dorado, y otra vez se alejaba. Así, una y otra vez. Luego colocaba la prenda debajo del pie de su máquina de coser. Después de mirar y remirar si la tela estaba en su sitio, comenzaba a sonar el traqueteo mezclado con el pedaleo de ambos pies: arriba y abajo, arriba y abajo, mientras se escuchaba el roce de la cinta de cuero que envolvía la rueda. Él se concentraba en sus tareas. Parecía olvidar mi presencia, aunque, de vez en cuando, levantaba los ojos por encima de sus lentes y me observaba con una sonrisa. Yo me sabía de memoria todo aquel ciclo repetitivo.
Una vez, mamá me llevó con ella a segar una finca cerca del río. Yo contemplaba feliz su quehacer.
—¡Zas, zas! —sonaba la guadaña.
Mamá tenía una gran maestría en el manejo de aquel instrumento que a mí me parecía tan peligroso.
—No te muevas de aquí. Hay una poza muy honda cerca y podrías caerte —me ordenó, mientras se ataba atrás una pañoleta blanca con flores para que no le estorbaran los pelos al trabajar.
Allí me quedé mirándola. Me había sentado en un montículo pequeño y redondo que parecía un taburete de yerbas. Estaba mullido y cómodo, pero era un nido de hormigas rojas. Me picaron por todo el cuerpo y me hinché entera. Desde entonces, no solía llevarme con ella al campo.
Por eso, a veces, tenía que dejarme sola. Me colocaba sobre los azulejos de la cocina, junto al fogón, arropada por un chal de lana. Me gustaba estar allí arriba, al calor, sentada con los pies juntos, balanceándome hacia atrás y adelante sin parar, mientras practicaba mi vicio favorito: chuparme el dedo índice y el corazón de la mano derecha y, al mismo tiempo, con el pulgar y el índice de la izquierda, pellizcar el piquito de mi labio superior. Era mi mayor placer. Aún recuerdo el gusto que me daba.
Una vez, cerca de mis dos años, mi madre tardó más de lo habitual en volver del campo. Al llegar, me encontró —no sin asombro— bajada del sitio donde me había dejado y con mis necesidades hechas en el suelo. Supongo que, movida por mi afán creativo, había decorado los azulejos de la cocina hasta donde alcanzaba mi estatura. Usé mis deditos, embetunados en aquella pasta marrón que había depositado sobre las baldosas. Era el único recinto donde mi madre cocinaba y guardaba los alimentos.
No sé qué me hizo al descubrirme en plan decorativo, pero siempre me lo contaba entre risas, asombrada. Decía que estaba embadurnada de arriba abajo, hasta el último pelo. Le extrañaba, porque había sido un bebé tan limpio que lloraba cuando quería hacer pis, sin llegar a mojar los pañales.
Nací para dibujante, pero mi arte se perdió por el camino.
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