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5.5. El día después

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Aquel día, la muerte de mi padre transformó la casa en un territorio extraño donde los adultos imponían rituales que yo no entendía. Entre el luto repentino, las órdenes de una mujer desconocida y el cuerpo inmóvil de papá, descubrí por primera vez el desconcierto de la infancia ante la muerte. Este episodio es la memoria de ese tránsito: el instante en que una niña aprende, sin comprenderlo, que su mundo acaba de partirse en dos. A las pocas horas de haber muerto mi padre, se presentó en casa una mujer enlutada. Era mayor que mi madre. Pronto me enteré de que era prima de mi padre y que se llamaba Felisa. Yo nunca la había visto, pero llegó como Pedro por su casa, dando órdenes. Era raro que mi madre las aceptara, pero creo que estaba tan rendida que no tenía fuerzas para oponerse. Después de hacer y deshacer, para asombro de la tía Isabel, le dijo a mamá con desparpajo y autoridad: —Me llevo a las niñas. Su casa estaba muy cerca de las escuelas, en una zona ajardinada, junto a la car...

5.3. El menú de papá

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  En este episodio regreso a la cocina de mi infancia, donde el caldo gallego, el pan de hogaza y los rituales de mamá componían el menú que sostenía a mi padre y, con él, a toda la casa. Un viaje a los sabores que nos dieron identidad y a la forma en que la comida marcaba nuestro modo de vivir. Mi padre, como todo ser humano, atesoraba sus pros y sus contras. Tenía varias manías, y una de ellas era que no podía vivir sin caldo gallego. Lo desayunaba, lo comía de primero al mediodía y también a la cena. Mi madre lo preparaba con esmero. Ponía en agua tibia las judías pintas, que llevaban en remojo con sal durante veinticuatro horas. Las lavaba bien antes de echarlas a la olla: teñían el agua de un tono rojizo. Mientras cocían, de vez en cuando sacaba una o dos con la cuchara y las espachurraba entre el índice y el pulgar. —Aún no están. Les quedan unos minutos —decía mamá. Cuando perdían consistencia, añadía las patatas, escachadas, como para guisar. —Mamá, déjame rasgar be...

Cap. 5.2. Parecía un santo

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  Este episodio recorre la transformación de mi padre: del hombre alegre y luminoso que todos admiraban al enfermo que se aferró a la fe, a los rituales y a cualquier esperanza que pudiera salvarlo. Buscó una salida que nunca llegó. Es un retrato íntimo de su lucha y el recuerdo más humano y doloroso que guardo de él. La imagen que más tengo grabada de papá es su sonrisa. Era amplia, siempre dispuesta para todo el mundo, y mostraba unos dientes blancos preciosos. En Dehesas siempre me han dicho que era un hombre muy guapo. Viendo sus fotos, creo que sí lo era. Tenía una de esas sonrisas que iluminan los rostros, generosa y franca. Cuando era adolescente, la gente del pueblo solía preguntarme: —Eres la hija de Nicanor, ¿verdad? ¡Ay, Dios! ¡Cómo te pareces a él! ¡Tienes su misma sonrisa! ¡Tu padre era un hombre muy guapo… y con aquellos ojos! Era de cuerpo enjuto y bien formado, casi atlético. La boca, perfectamente dibujada, con labios equilibrados —ni carnosos ni finos—, estaba ado...

Cap. 3. La vida entorno al fogón

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  En la casa nueva, la cocina era más que un lugar: era el fogón alrededor del cual se cocinaba la vida. Allí se mezclaban el calor de la leña, las historias dramatizadas de los folletines, las labores de costura, las discusiones familiares y también las pequeñas torturas de la infancia. Entre lecturas, lavazas, lombrices y filandones, aquel espacio se convirtió en el escenario donde viví mi primera infancia, soñé y sufrí, mientras la casa entera latía al ritmo del fuego. Aquella habitación era el corazón donde todo latía. Era amplia, y en ella hacíamos la mayor parte de la vida .  Al principio, mis padres no tenían dinero para amueblar el salón. Estaba vacío, frío y no se entraba en él. Detrás de una puerta acristalada estaba una habitación vacía esperando a poder amueblarse algún día. Cuando las ganancias de mis padres lo permitieran. Mientras, en la cocina se estaba caliente. Teníamos una “cocina económica” que funcionaba con leña y carbón y mantenía casi toda la casa calie...

Cap. 3. Planos y plan

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  A veces la infancia se construye igual que una casa: con ruido, polvo, manos ajenas y algún que otro desliz propio. En este capítulo vuelvo al verano en que mi padre levantaba paredes y yo descubrí, sin quererlo, que también tenía mis propios “planes”. Entre cimientos, toses y travesuras, la memoria se abre paso con humor y un guiño cómplice. Ojalá te asomes conmigo a aquel tiempo en que todo estaba por hacerse… incluso yo. Calculo que la nueva casa paterna empezó a construirse hacia 1959, en una finca situada a la entrada de las edificaciones que pertenecían a mi familia materna, los Carballo, bisabuelo de mi madre. Él había sido Guardia Civil durante la República y tenía fama de ser “de armas tomar”. Él y su esposa, María, tuvieron dos hijos varones y tres hijas por este orden: mi abuela, Bárbara, Isabel y Teresa. Aquellas construcciones familiares forman, aún hoy, un área cuadriculada de viviendas de dos plantas a ambos lados de un camino que lleva al río Sil. Además de las ca...

Cap. 2. La fuga

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  Hay recuerdos que no se borran: se quedan suspendidos en la luz dorada de la infancia, como si el tiempo los hubiera bordado con hilo de emoción. Entre el rumor del arrollo y el eco de una voz que llama desde lejos, la niña que fui corre aún por aquel camino recto, flanqueado de chopos y margaritas. Cada paso suyo es una fuga y un regreso, una travesura que se convierte en aprendizaje.  En esta memoria —que huele a hierba fresca, ropa limpia, y suena al correr del agua cristalina— revivo el instante en que descubrí que correr también podía ser un juego de amor. Aquella primera vivienda de mis padres era una casa de dos plantas. La vi situada en la carretera principal, la que hoy llega a Ponferrada, haciendo esquina con la Calle de la Iglesia, hasta que yo era adulta. Me dolió cuando desapareció para dejar lugar a una hermosa mansión moderna con una valla encementada. Desde nuestra terraza aún, después de los años, veo aquel hermoso paisaje, todo verde, frondoso, con manchas ...

Cap. 2. Mi primer mural

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  Algunos recuerdos de infancia regresan con la claridad de una cocina pequeña: el fogón encendido, el chal de lana, los recortes de tela sobre la pizarra del sastre y aquella libertad silenciosa en la que una niña inventaba su propio mundo. Entre hormigas rojas, azulejos convertidos en lienzo y el asombro divertido de una madre, descubrí que mi impulso creativo venía de lejos.  Cuando era pequeña, Fernando, el sastre, me cuidaba si mamá no podía llevarme consigo. Mientras tanto, yo me entretenía con recortes de tela —grises o azules, casi siempre— que combinaba sobre una gran piedra de pizarra que formaba el descansillo de la escalera, como si estuviera haciendo puzles. Fernando, bajo un haz de luz proveniente de un ventanuco cuya contra de madera mantenía abierta, marcaba con un jabón que olía a rosas, cortaba las telas con unas tijeras muy afiladas —¡ras, ras!— resonaba el corte sobre la madera de la mesa. Después sobrehilaba: una puntada tras otra, mientras su mano derecha...