5.6. Adiós Roquiño

 

Hay nombres que no elegimos y que, sin embargo, nos moldean. En mi casa, aquel diminutivo impuesto —Roquiño— fue el eco de un deseo ajeno, de una expectativa que nunca pude cumplir. Este episodio recoge la historia de ese nombre, de mi padre joven y de la niña que fui, vestida con un mameluco azul y cargando sobre los hombros un destino que no era el suyo. Un adiós necesario a una identidad prestada.


Mi padre estaba obsesionado con tener un hijo varón. Era tan católico, apostólico y romano que deseaba un niño para meterlo en un seminario y que llegara a ser sacerdote. Creo que aquel era el sueño de muchos padres en una época tan difícil, cuando el seminario se veía como un futuro seguro para los hijos. Pero nació mi hermana Olga. Supongo que su llegada le decepcionó bastante. Se olvidó de inscribirla en el Registro Civil. Así que mi hermana, que había nacido el día 6 de junio, no fue inscrita hasta el día 15 o 16. Aquel era mi padre a los diecinueve años.

Cuando fueron a por mí, mi padre volvió a centrar sus esperanzas en que yo fuera el esperado. También debí decepcionarle al conocer mi sexo. Supongo que por eso siempre me trató como si fuera un niño. Me puso el mote de Roquín, diminutivo de Roque, el horroroso nombre que tenía elegido para mí antes de que naciera. Cuando fue al Registro Civil me inscribió, pero —según me contó mi madre— con dos nombres escritos de tal manera que forman uno solo: Berta‑Isabel. Mi madre le había pedido que me inscribiera como Isabel. Parece ser que él, por su cuenta, prefirió un nombre compuesto y no se lo dijo a nadie. Mi madre descubrió cuál era mi verdadero nombre cuando tuvo que hacer el Libro de Familia al enviudar. Aquel fue mi padre hasta los veintinueve años.

En mi infancia, la idea que yo tenía del nombre “Roque” era la de aquel vecino pelirrojo —hermano de la mejor amiga de mi madre— de ojos azul brillante, tez rojiza y carácter colérico, del que, cuando alguien lo mencionaba a él y a su esposa, solían añadir: —¡Cualquier día la mata a palos!

Después de morir papá, dada mi tendencia a los catarros y al asma, mamá optó por vestirme con pantalones. Me hizo un mameluco de tirantes ajustables con el que parecía un granjero americano. Seguramente lo sacó de algún catálogo de modelos para sastres, quizá heredado de mi abuelo paterno, Miguel, que ya no vivía entonces y era sastre. Aunque ella tenía buen ojo y mano para la costura. Aquel atuendo salió de la tela sobrante de los monos azules de mahón que papá había llevado al trabajo. Supongo que aquella visión mía en pantalones le habría gustado, pero nunca llegó a verme con ellos. Dejé de llamarme Roquín, pero aún me parecía más a un niño que antes.

Me alegré de que, después de su muerte, nadie volviera a llamarme por aquel nombre tan horroroso.

Recuerdo que a papá le gustaba auparme a su hombro cuando iba a repartir los cuadros terminados. Creo que, a pesar de que yo era una niña, me adoraba. Cuando me abrazaba solía decirme, cariñosamente: —¡O meu Roquiño! Sin embargo, supongo que, si no hubiera fallecido tan joven, al crecer yo no nos habríamos llevado muy bien: por mi condición femenina, por carecer de la religiosidad que él tenía y por el carácter respondón que adquirí en la adolescencia. O quizá, si él hubiera vivido, mi mente habría evolucionado de forma diferente. Quién sabe.

Cuando pienso hoy en mi imagen con aquellos pantalones de peto, siempre me viene a la mente el cuadro de los granjeros de Grant Wood: por el peto y por la horca metálica que usábamos para sacar el abono de los animales desde la cuadra al carro.

Aquel nombre quedó atrás, pero la niña que lo llevó aún me mira desde la memoria.




Este texto (5.6. Adiós Roquiño) es propiedad de Berta-Isabel Cuadrado Álvarez. No se puede copiar. Tampoco compartir sin mencionar a la autora.

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