5.5. El día después
Aquel día, la muerte de mi padre transformó la casa en un territorio extraño donde los adultos imponían rituales que yo no entendía. Entre el luto repentino, las órdenes de una mujer desconocida y el cuerpo inmóvil de papá, descubrí por primera vez el desconcierto de la infancia ante la muerte. Este episodio es la memoria de ese tránsito: el instante en que una niña aprende, sin comprenderlo, que su mundo acaba de partirse en dos. A las pocas horas de haber muerto mi padre, se presentó en casa una mujer enlutada. Era mayor que mi madre. Pronto me enteré de que era prima de mi padre y que se llamaba Felisa. Yo nunca la había visto, pero llegó como Pedro por su casa, dando órdenes. Era raro que mi madre las aceptara, pero creo que estaba tan rendida que no tenía fuerzas para oponerse. Después de hacer y deshacer, para asombro de la tía Isabel, le dijo a mamá con desparpajo y autoridad: —Me llevo a las niñas. Su casa estaba muy cerca de las Escuelas, en una zona ajardinada, junto a la car...