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5.3. El menú de papá

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  En este episodio regreso a la cocina de mi infancia, donde el caldo gallego, el pan de hogaza y los rituales de mamá componían el menú que sostenía a mi padre y, con él, a toda la casa. Un viaje a los sabores que nos dieron identidad y a la forma en que la comida marcaba nuestro modo de vivir. Mi padre, como todo ser humano, atesoraba sus pros y sus contras. Tenía varias manías, y una de ellas era que no podía vivir sin caldo gallego. Lo desayunaba, lo comía de primero al mediodía y también a la cena. Mi madre lo preparaba con esmero. Ponía en agua tibia las judías pintas, que llevaban en remojo con sal durante veinticuatro horas. Las lavaba bien antes de echarlas a la olla: teñían el agua de un tono rojizo. Mientras cocían, de vez en cuando sacaba una o dos con la cuchara y las espachurraba entre el índice y el pulgar. —Aún no están. Les quedan unos minutos —decía mamá. Cuando perdían consistencia, añadía las patatas, escachadas, como para guisar. —Mamá, déjame rasgar be...

Cap. 5.2. Parecía un santo

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  Este episodio recorre la transformación de mi padre: del hombre alegre y luminoso que todos admiraban al enfermo que se aferró a la fe, a los rituales y a cualquier esperanza que pudiera salvarlo. Buscó una salida que nunca llegó. Es un retrato íntimo de su lucha y el recuerdo más humano y doloroso que guardo de él. La imagen que más tengo grabada de papá es su sonrisa. Era amplia, siempre dispuesta para todo el mundo, y mostraba unos dientes blancos preciosos. En Dehesas siempre me han dicho que era un hombre muy guapo. Viendo sus fotos, creo que sí lo era. Tenía una de esas sonrisas que iluminan los rostros, generosa y franca. Cuando era adolescente, la gente del pueblo solía preguntarme: —Eres la hija de Nicanor, ¿verdad? ¡Ay, Dios! ¡Cómo te pareces a él! ¡Tienes su misma sonrisa! ¡Tu padre era un hombre muy guapo… y con aquellos ojos! Era de cuerpo enjuto y bien formado, casi atlético. La boca, perfectamente dibujada, con labios equilibrados —ni carnosos ni finos—, estaba ado...

Cap.5.1. El olor de la despedida

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  Hay recuerdos que no se guardan en fotografías ni en objetos, sino en el cuerpo. Algunos permanecen como una luz, otros como una herida, y otros —los más difíciles— como un olor que nunca se va del todo. Esta es la historia de mi padre tal y como la vivió una niña de seis años: fragmentos de memoria, voces ajenas, silencios, y un último adiós que impregnó para siempre la casa y mi vida. ¿Qué recuerdos puede tener una niña de seis años sobre su padre? Muy pocos. Así que reconstruiré su figura con los retazos que guarda mi memoria, mezclados con lo que escuché contar a distintas personas sobre él. Mi padre murió seis días después de que el tren nos matara las vacas.  El día que papá murió, toda la manzana donde se encontraba nuestra casa se inundó de un hedor putrefacto, tan profundo y penetrante que pasaron años sin que la gente del barrio pudiera olvidarlo. Nunca habían sentido nada igual. La náusea parecía salir de las entrañas de la tierra, como si algo más que un cuerpo s...

Cap. 4. El principio del final

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  Hubo un día en que la vida dejó de ser como había sido siempre. Un aviso, una cuesta, un tren y el golpe que abrió una grieta en nuestra historia familiar. Hay sucesos imprevistos que no podemos controlar, por mucho que planifiquemos. Esos marcan un antes y un después en nuestras vidas, pero solo somos conscientes de ello con el paso del tiempo. El otoño de 1961 fue terrible para mi familia. Pero, siendo agricultores, las labores del campo no podían descuidarse. Mi madre no daba abasto: atender la casa, ordeñar la vaca, cuidar la huerta, hacer el pan, regar a cualquier hora del día o de la noche según el turno, cocinar, lavar, limpiar, hacer de enfermera… Todo se le volvía cuesta arriba. La mañana del 6 de octubre, el tío Cecilio estuvo desde el amanecer sacando el estiércol de la cuadra. Llenó un carro entero. Mi tío trabajaba lento, así que llegó la hora de la comida y aún tenía que llevar el abono al otro lado de la vía, a una finca que estaba a unos cuatro kilómetros y medi...

Cap. 3. La vida entorno al fogón

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  En la casa nueva, la cocina era más que un lugar: era el fogón alrededor del cual se cocinaba la vida. Allí se mezclaban el calor de la leña, las historias dramatizadas de los folletines, las labores de costura, las discusiones familiares y también las pequeñas torturas de la infancia. Entre lecturas, lavazas, lombrices y filandones, aquel espacio se convirtió en el escenario donde viví mi primera infancia, soñé y sufrí, mientras la casa entera latía al ritmo del fuego. Aquella habitación era el corazón donde todo latía. Era amplia, y en ella hacíamos la mayor parte de la vida .  Al principio, mis padres no tenían dinero para amueblar el salón. Estaba vacío, frío y no se entraba en él. Detrás de una puerta acristalada estaba una habitación vacía esperando a poder amueblarse algún día. Cuando las ganancias de mis padres lo permitieran. Mientras, en la cocina se estaba caliente. Teníamos una “cocina económica” que funcionaba con leña y carbón y mantenía casi toda la casa calie...

Cap. 3. La herencia del aire

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  Hay recuerdos que no se guardan en álbumes ni en cajones, sino en el propio cuerpo. En mi infancia, la respiración fue una batalla diaria: noches de ahogo, vahos de eucalipto, jarabes espesos y el chal negro de mamá envolviéndome contra el frío y la niebla. Entre fiebre, miedos y muebles que cobraban vida en la penumbra.  Aquí cuento cómo se vivía el asma cuando nadie sabía nombrarla, cómo se curaba con lo que había y cómo el amor materno sostenía lo que la medicina no alcanzaba. Cuando nací me tocó una herencia familiar. No te creas que era de fincas, joyas o dinero, sino de enfermedades: las de mi abuelo materno y mi abuela paterna. Ambos eran asmáticos. Cada cual lidiaba con su padecimiento como podía, en una época en la que se sabía poco o nada sobre las enfermedades respiratorias. No recuerdo ni un solo día de mi infancia en que pudiera respirar a pulmón lleno. Siempre tenía algo en el pecho que sonaba como un pito, tanto al inhalar como al exhalar. Aquello era agotador...

Cap. 3. El burrito

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  Hay animales que pasan por la vida de una familia sin hacer ruido, pero dejan una huella que dura décadas. En mi infancia, aquel pollino pequeño y entrecano fue mucho más que un ayudante en las tareas del campo: fue compañero, cómplice de aventuras y, sin saberlo, maestro de paciencia y ternura. En casa, los animales no eran solo animales: eran compañía, ayuda y, a veces, maestros de paciencia. Nuestro pollino no llegaba a la categoría literaria de Platero, pero se le asemejaba en que era entrecano y gris, aunque no esponjoso. También era manso, obediente y cariñoso. Nos arrimaba la cabeza para que se la acariciáramos o rascáramos. Tenía los ojos muy grandes y las pestañas muy largas. Siempre estaba meneando el rabo: unas veces para espantar las moscas y otras, creo, para demostrar que estaba contento. Normalmente lo dejábamos suelto, paciendo alrededor del nogal, en la pradera que estaba junto a la era. Nunca se escapaba de allí. Agachaba la cabeza mansamente cuando íbamos a pon...