Cap. 2. La mujer de negro - Primeros recuerdos: La boda

 


Hay historias familiares que llegan envueltas en humor, en silencios y en pequeñas exageraciones que el tiempo convierte en verdad. Crecemos escuchándolas sin saber que, en realidad, son la raíz de quienes somos. Este capítulo recoge una de esas escenas fundacionales: el encuentro imposible de mis padres, sus miedos, sus terquedades y la boda humilde que abrió el camino de nuestra familia.


En este capítulo regreso a los orígenes de mi familia: un amor improbable, una boda pobre y un comienzo lleno de riesgos, humor y dignidad.

Mamá había conocido a mi padre, dos años antes, en una fiesta de Carnaval. Ambos estaban disfrazados. Ella de hombre y él de payaso. Él llevaba un palo y le dio un golpe en el cogote.

—¡Animal! ¿Es que quieres matarme?

Papá le sonrió. No me extraña que la enamorara: su sonrisa era encantadora.

A veces, cuando papá se escapaba de noche a ver a su novia, tenía que esconderse tumbado en los surcos de las fincas de maíz o frutales. Por entonces aún corrían por los aires algunos tiros que acababan en muertes por venganza. Más de una vez le pasaron balas cerca de las orejas.

Aun así, papá siguió arriesgándose.

La familia de mi padre no quería ni siquiera oírle hablar de su novia. Pero un día, iba con su padre a llevar abono a una finca cuando, sentados arriba en el carro, se cruzaron con una joven muy bonita de mi pueblo. Mi abuelo comentó:

—¡Vaya buenas mozas que hay en Dehesas! ¡Ya podrían ser todas así! No como esa con la que dicen que andas…

—Pues la que anda conmigo ¡es esta misma!

Mi abuelo se quedó boquiabierto y sin saber qué decir. Desde aquel encuentro, nunca más fue capaz de prohibirle que fuera a ver a su prometida. Ella ya tenía la barriga muy grande cuando se la tropezaron.

Se casaron a finales de mayo de 1951.

En el comedor de mi casa colgaba una de esas fotos de boda clásicas de la época: mamá tenía la cabeza cubierta por un velo negro rematado en ondas de encaje, traje oscuro y, desde abajo, le surgían —artificialmente— un ramo de azucenas. Ella, sonriente, con su cara redondita. Él aparentaba mayor, feliz, con el pelo repeinado hacia atrás y los pómulos marcados. Parecía un cantante de tango argentino. Por supuesto, no creo que lo que se veía en aquel retrato tuviera algo que ver con la realidad, exceptuando las caras.

—¡Vaya boda! Tus abuelos eran tan tacaños que nos regalaron una hogaza de unto. Eso fue todo. Y encima estaba rancia —era una de las retailas de mi madre—.

Menos mal que, al morir el abuelo Miguel, que era el sastre de Villaverde, la abuela le regaló a mamá la máquina de coser de él. Era una Singer que cosía hasta zapatos. Conservé aquella máquina, llevándola conmigo en todos mis traslados, hasta el 2025. Era preciosa, con aquellos ramilletes dorados que cubrían su cabezal brillante. Tenía un pie de hierro tan pesado y ocupaba tanto en mi actual vivienda que me fue imposible quedármela. Sentí deshacerme de ella como si fuera un miembro de mi familia. Aún hoy me duele su pérdida. 

Los novios no tuvieron mucho tiempo para celebraciones. A los pocos días nació mi hermana. Como niñato que era, mi padre no tenía ni idea de qué hacer. No inscribió en el Registro Civil a la niña hasta el día 15 de junio. Así que mi hermana no existió legalmente durante unos días. Creo que de no ser por su bautismo no habría sido inscrita. Le pusieron dos nombres, pero para nosotros siempre ha sido Olga y, de pequeña, Olguita.

Con aquella boda pobre y apresurada empezó todo lo que después seríamos.

«Este texto, Cap. 2. La mujer de negro - Primeros recuerdos: La boda, de Berta‑Isabel Cuadrado Alvarez, solo se puede compartir mediante un enlace a este blog, sin cambiar de forma, ni buscar beneficio y siempre nombrando a su autora. Licencia Creative Commons BY‑NC‑ND 4.0.»

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