Cap. 2. La mujer de negro - Primeros recuerdos: La fuga

 


Hay recuerdos que no se borran: se quedan suspendidos en la luz dorada de la infancia, como si el tiempo los hubiera bordado con hilo de emoción. Entre el rumor del arrollo y el eco de una voz que llama desde lejos, la niña que fui corre aún por aquel camino recto, flanqueado de chopos y margaritas. Cada paso suyo es una fuga y un regreso, una travesura que se convierte en aprendizaje. 
En esta memoria —que huele a hierba fresca, ropa limpia, y suena al correr del agua cristalina— revivo el instante en que descubrí que correr también podía ser un juego de amor.


Aquella primera vivienda de mis padres era una casa de dos plantas. La vi situada en la carretera principal, la que hoy llega a Ponferrada, haciendo esquina con la Calle de la Iglesia, hasta que yo era adulta. Me dolió cuando desapareció para dejar lugar a una hermosa mansión moderna con una valla encementada.

Desde nuestra terraza aún, después de los años, veo aquel hermoso paisaje, todo verde, frondoso, con manchas blancas: una pradera salpicada de margaritas que sobresalen entre los tréboles. Es un lugar llano, tranquilo y sereno, que huele a hierba fresca. Ahí escucho el bullicio de las abejas en los días soleados. Sobre él, a veces, cae la lluvia de forma torrencial; otras, la niebla espesa no me deja ver más allá de mi nariz. En los días despejados diviso, a lo lejos, una chopera que rodea la pradera y oculta un camino lleno de misterio para mí.

Y al rememorar aquel paisaje, vuelvo a ver con nitidez el de mi infancia.

Mi imagen infantil es la de que existe un camino misterioso, oculto entre árboles, que atraviesa el pueblo desde el otro lado de la vía hasta el río Sil. Es el Camino de la Estación. Frente a nuestra casa pasa un sendero que conduce a una presa de regadío, que me resulta familiar. He estado allí más de una vez. El agua viene desde lejos, bordeando la pradera, por la derecha, al final de la finca.

En una curva de esa presa‑arroyo, mamá y otras vecinas aprovechaban el remanso para lavar. Están frotándola con su jabón hecho en casa. Luego se levantan. Tienden la ropa bien estirada sobre la pradera. Allí la dejan a blanquear y a secar. Allí las veo, inclinadas sobre el “cajón de lavar”. Arrodilladas. Sus manos se ven ateridas y enrojecidas por el agua fría y el frotar. Tienen sus zapatillas metidas en las madreñas protegiendo sus pies del barrizal. Escucho el golpear de la ropa, al cambiarla de posición en la tabla, el restregar del jabón y de las manos, frotándo hacía arriba y abajo, para quitarle las manchas…todo ello forma un compás, a veces; un ritmo desacompasado, otras; y vívido un ejetreo entre todas las lavanderas.

Ese cajón que las resguarda es una tabla alargada. La mitad delantera tenía estrías horizontales que sobresalen en forma de protuberancias semicirculares: sobre ellas restriegan la ropa. La parte trasera, protegida por tres tablas lisas, forma un cajón abierto por detrás. Las mujeres meten las rodillas allí dentro. La tabla frontal, más alta que las laterales, las libra de las salpicaduras. ¡Qué gran invento me parece ahora! Ante el sueño imposible de comprar una lavadora como las de las americanas del cine, alivió a mi madre y a muchas otras durante toda mi infancia.

Mamá solía llevarme con ella a lavar. Mientras ella lavaba, yo arrancaba hierbitas o seguía los ires y venires de las hormigas negras: unas pequeñas, a las que seguía por sus senderos sinuosos; otras más grandes, de enormes mandíbulas. Me gustaba hacer rabiar a estas últimas. Les quitaba la pajita unas veces; otras les ponía delante de su marcha un granito, como recompensa, pero ellas siempre lo bordeaban o no acertaban a transportarlo por ser demasiado pesado o grande.

Ese era mi segundo deporte favorito. Siempre encontraba alguna recua de esos animalitos, fuera donde fuera. Pero un día no los debí de hallar, y me dio por la aventura.

Me alejé caminando por la carretera general, que pasaba junto a casa. Por entonces estaba en obras. Acababan de echar la primera capa de gravilla. Luego la asfaltarían por primera vez. Iba dando tumbos sobre aquel suelo irregular, pero aun así avanzaba a toda marcha.

Al darse cuenta de mi huida, mamá empezó a gritarme:

—¡Belita, Belita! —porque así me llamaba ella hasta que cumplí los diez años.

Cuanto más me gritaba, más corría yo. Entonces yo estaba gordita. Las piernas me formaban un arco de lorzas a ambos lados del enorme paquete de pañales. Mi madre nunca entendió cómo pude sacarle tanta ventaja a trompicones.

Doblé por el camino flanqueado por la enorme chopera que llevaba a casa de la tía Isabel. No paré hasta llegar al reguero agua que cruzaba el camino e impedía mi marcha. Me detuve allí. Temía cruzar la gran losa de pizarra que hacía de pontón sobre la presa.

Por suerte, una señora me vio. Solo recuerdo sus manos y mangas, que salían de un largo vestido marrón, asiéndome por debajo de las axilas y levantándome en volandas hacia el otro lado. Durante mucho tiempo recordé el olor a madre de aquella mujer, pero no conseguía identificarla.

En un santiamén, ya trotaba yo de nuevo alejándome por la otra orilla.

De vez en cuando miraba de reojo hacia atrás. A lo lejos veía a mi madre. Se desgañitaba, gritándole a aquella señora para que me detuviera, pero no lo hizo. 

Por fin, mamá me atrapó cuando ya entraba en El Campo, el terreno comunal donde se celebraban las fiestas del Barrio de Abajo. Faltaban unos cien metros para alcanzar mi objetivo. Cuando me agarró, yo me desternillaba de la risa, como si entendiera que le había ganado la carrera.

La última vez que vi a la hermana menor de mi madre, mi tía Aurora, le conté esta anécdota. Me dijo que había sido ella la que me había cruzado, pero creía que yo ya tenía unos tres años.

—¿Y si mamá me llamaba, cómo es que me cruzaste la presa?

—Porque tú estabas empeñada en marchar pa allá, a casa de la tía —me contestó, ante mi asombro.

Aquel día aprendí que correr también podía ser un juego de amor.

«Este texto, Cap. 2. La mujer de negro - Primeros recuerdos: La fuga, de Berta‑Isabel Cuadrado Alvarez, solo se puede compartir mediante un enlace a este blog, sin cambiar de forma, ni buscar beneficio y siempre nombrando a su autora. Licencia Creative Commons BY‑NC‑ND 4.0.»

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