Capítulo 1 - La mujer de negro

 


A mis hijos

Una mujer vestida de negro entra en un despacho donde nadie espera que gane.
Trae el luto como escudo y la memoria como arma.
Frente a ella, un hombre con poder; en ella, una determinación silenciosa.
Lo que ocurre después es la historia de cómo una mujer humilde
dobla la soberbia con la verdad y la dignidad.

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Mi madre no fue una mujer cualquiera. Fue una mujer de negro.

Negra era su ropa, como dictaba el luto perpetuo de su generación. Negro era el pañuelo que le cubría la cabeza, y negro el respeto que imponía al entrar en cualquier sitio. Pero bajo ese luto había una fuerza que no se doblegaba. Una dignidad que no pedía permiso.

La historia que sigue no la presencié con mis propios ojos, pero la escuché tantas veces —en boca de mi madre, de mis tíos, de los vecinos— que se me quedó grabada como si la hubiera vivido. Fue su primer acto de rebeldía pública, y también su primera victoria.

Así comienza esta memoria: con una escena que la retrata entera.

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La mujer se sentó, como se le indicó, en un taburete más bajo. De tal manera que sus ojos quedaban a la altura de la mesa de su interlocutor. Él vestía con pulcritud y elegancia su ropa de ingeniero de ENDESA, según delataban las letras bordadas sobre el bolsillo izquierdo de su chaqueta azul.

Ella iba de luto riguroso, desde sus zapatillas desgastadas hasta el pañuelo atado bajo la barbilla. Su aspecto, en vez de ser el de una mujer de treinta, la hacía parecer de sesenta. Por debajo de la falda asomaban dos palillos, que parecían de madera, pero no: estaban unidos a sus pies. Con las manos huesudas cruzadas sobre el regazo, sin dejar de mirar al frente y sin pestañear, iba contestando, segura de sí misma, a todas las preguntas que el hombre le lanzaba como cuchillos al aire.

—¡Así que viene usted de Madrid!

—Sí, señor. Acabo de llegar en el tren de las seis de la mañana. Llevo desde entonces afuera esperando a que llegara usted, para decirle que…

—¿Y quién le ha dicho que venga a hablar conmigo?

—El director general.

—¡El director general nada menos! El director general le dijo, a una zarrapastrosa como usted, que viniera a hablar conmigo.

—Sí, señor. Ayer. Me invitó a comer a su casa y, antes de que su hijo me llevara en su coche a la estación del Norte, me dijo que le acababa de mandar a usted un teletipo, en el que le ordena que quite a la señora que está en ese puesto de trabajo que es mío.

—A mí no me ha llegado ningún teletipo del director general. ¡Miente usted!

Mintió él.

—No, señor. Yo no miento. Mire el teletipo, porque ese mensaje le habrá llegado ayer. El director general no me iba a decir a mí que…

—Si ha visto al director general, se acordará de cómo es. ¡A ver, detalle!

Mientras ella hablaba, dándole pelos y señales, el incrédulo se iba asombrando cada vez más, aunque lo disimulaba.

—Ya que dice usted que la llevó a su casa, sabrá también dónde vive.

Ella le dio la dirección exacta. Le describió el edificio, el comedor, los muebles, las cortinas, el brillo del piso y hasta el color de los paños afelpados que tuvo que pisar para no rallar el encerado.

—Y su mujer es muy buena cocinera. La comida estaba muy rica —añadió.

—¡Eso me sobra! ¿Y qué? ¿Cómo es el hijo?

—Es muy guapo. Educado y amable. Está estudiando en la universidad, no sé qué cosa pa…

—Me refiero físicamente. Alto, bajo…

—Ah, pues es… —y siguió describiendo con detalle, para que no quedara duda de que lo había visto.

—¿Está segura de que le dijo que me había enviado ayer un teletipo? Porque a mí no me ha llegado…

—Pues mire bien. Porque lo debe tener. Seguro que…

—A ver… —dijo él, pasando el rollo de papel como si le costara encontrarlo—. Ah, sí, aquí está. Umm, umm… —leía mascullando.

La mujer se sintió satisfecha y respiró profundamente.

—Ya sabía yo que… —dijo para sí misma, limpiándose nada de la falda.

—¿Decía usted algo?

—No… que… ¿cuándo quiere que venga a firmar el contrato?

—Pues a ver… hasta la semana que viene no podrá estar redactado —consultando el taco de días que tenía sobre su escritorio.

—Pues cuanto antes sea mejor, porque me hace falta el dinero. ¡Con tantas bocas que alimentar, ya se figurará usted!

—El próximo viernes puede venir.

—¿Y no podría ser el lunes? Lo digo porque así ya… A ver si pá primeros me puedo incorporar.

—El lunes imposible. Mire, venga usted el martes a las dos. Ya se lo tendremos preparado.

—Se lo agradezco. Hasta el martes entonces.

Levantándose y alisándose la falda, cruzó la chaqueta de lana sobre el estómago y añadió para sus adentros:

—¡Jódete, mamón! ¡A mí me la ibas a dar!

Cerró la puerta a sus espaldas.

Al caminar por el pasillo, los demás empleados de la Central Térmica de Ponferrada parecían esperarla. A medida que avanzaba hacia la calle, le daban la mano, felicitándola por lo bajini:

—¡Muy bien!

—¡Así se hace!

—¡No hay que dejarse avasallar!

—¡Es usted muy valiente!

—¡Nicanor te estará aplaudiendo!

Uno le susurró:

—¡Qué se joda ese cabrito! ¡Es un chupón!


Esta es una escena de la que yo jamás fui testigo, pero que, con más o menos florituras, se me quedó grabada en la mente de tanto oírla contar por mi madre a mis tíos, amigos, vecinos y a todo el que venía para escucharla y propagarla a los cuatro vientos.

Esa interpretación fue lo que la catapultó a la fama en nuestro vecindario. Su coraje corrió como la pólvora por todo el pueblo de Dehesas. Con esta hazaña, entre otras, mi madre se ganó el título de valerosa para el resto de su vida.


«Este texto, Capítulo 1 - La mujer de negro, de Berta‑Isabel Cuadrado Alvarez, solo se puede compartir mediante un enlace a este blog, sin cambiar de forma, ni buscar beneficio y siempre nombrando a su autora. Licencia Creative Commons BY‑NC‑ND 4.0.»

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