Cap. 3. Casa nueva - Imágenes inolvidables
Algunas imágenes se quedan para siempre en la memoria infantil: una sábana convertida en pantalla, el olor a harina y patatas, el regazo de mi madre y unos faroles gigantes iluminando la oscuridad. Así empezó mi manera de mirar el mundo.
Tengo una imagen en la mente de la primera película que presencié. No fue en una sala cinematográfica, sino en la tienda de ultramarinos. Tenían un almacén y allí, sentados en los sacos que albergaban cereales o algo parecido, veíamos las películas. Nos acomodábamos sobre aquella blandura, entre el olor a harina, salvado y patatas. Yo, en el regazo de mi madre, miraba aquella película en blanco y negro. La única imagen que quedó grabada en mi mente fueron unos faroles muy grandes que aparecieron en la pantalla. La ocupaban entera. Me debieron de impresionar por su tamaño. Sé que se titulaba “El Cristo de los faroles”. Así solíamos ver las primeras películas en los pueblos.
La primera vez que vi la televisión fue en el Bar de Toño. En el otoño de 1958, muchos vecinos fuimos a ver la ceremonia del entierro del Papa Pío XII, que parecía muy querido por la gente del pueblo. Lo llevaban destapado, en andas, entre muchos hombres con hábitos muy largos. A los lados iban unos soldados con plumas, vigilando. Les brillaban los cascos y llevaban unos palos muy largos, como las varas de los pastores para arrear el ganado. Luego colocaron la tapa del féretro y metieron unos tornillos larguísimos, con rosca. Había monjitas arrodilladas rezando, con ramos de claveles blancos. El aparato a veces hacía un zumbido y la voz del narrador iba y venía. Cuando se iba el sonido la gente aprovechaba para comentar:
—¡Qué bueno era! —decían algunos, sonándose los mocos—. Santificó a María Goretti.
—Y a María Teresa de Jesús, que era española —replicaba otro.
Ese bar estaba muy próximo a la casa que construyeron mis padres. Así que, si había algo de interés en la tele, íbamos allí. Por unas perras, con una gaseosa y unos cacahuetes, se nos pasaba el tiempo. Allí vi otra película, de la que nunca recordé mucho: La Campanera, de Joselito. Al escucharla, me dolía la garganta y me daba ahogo aquel “aaaaaaaaaaaay, campaneeeeera” que no se acababa nunca.
—¡Qué prodigio! ¡Qué garganta! —comentaba alguno.
Por las tardes, algún domingo, íbamos Alfredito y yo a ver jugar a la rana bajo el emparrado del bar, que nos protegía del sol abrasador del verano.
—¡Uy! ¡No la metiste por poco! —animaba uno al perdedor.
Otras veces, durante las mañanas de los domingos, después de la misa, esperábamos las voces de nuestras madres llamándonos a comer. Mientras tanto, observábamos cómo los hombres jugaban a los bolos en El Campo. Yo no entendía ni papa: colocaban de pie unos palos cortos, otros más largos y algo gruesos, pegados al suelo con un cagajón de vaca. La proeza consistía en tirarlos abajo con una bola, que no sé si era de madera, de piedra o de metal. Ya no lo recuerdo. La bola producía un eco seco al golpearlos. También levantaban una buena polvareda que me acrecentaba la tos.
—¡Bieeen! —gritaban, si le daba.
—¡Oooh! Por poco… —si fallaba.
Alguien voceaba no sé qué de puntos.
Alfredito era mi nuevo amigo. Era el hijo pequeño de la amiga de mi madre, Elena. Él tenía dos años menos que yo, pero me daba cien vueltas. Era aventurero y arriesgado. Su hermano, Justo, parecía más sensato. Era de la edad de mi hermana y juntos hacían sus correrías por los mederos de la era y los árboles frutales. Nosotros aún no podíamos trepar. Nuestras aventuras se ceñían al ras de tierra.
Si era la hora de la siesta y yo dormía en casa de la Tía Isabel, me asomaba al corredor. Como sus paredes estaban construidas de barro y paja, labrábamos, por cada lado, un agujerito. Luego nos pasábamos pajitas por él. Era un juego muy tonto, pero nos resultaba divertidísimo.
A veces, después de un chaparrón, salíamos con galochas yo y botas de goma él, y un cubo, a coger caracoles. Después de regresar empapados, Alfredito sacaba un puñado de ellos y los colocaba sobre uno de los fuegos de la cocina. Sin lavar ni nada. Su baba desprendía un olor apestoso al quemarse. Se escuchaba un chisporroteo de los animalitos al achicharrarse.
—¿Quieres? —me invitaba, sacando el bicho recocido de dentro de su concha, mientras lo sorbía junto con sus mocos.
—¡Qué asco! ¡Qué guarro eres! —le respondía yo, refiriéndome a lo primero y a lo segundo.
Él se reía y se comía ambos.
—Está bueno —afirmaba, sonriendo, como si fuera una delicia.
Su madre nos disfrazó un año para el carnaval.
A mí me embadurnó la cara y las manos con betún. Me puso un hueso de muslo de pollo en la cabeza, sujeto con una goma, colocándome el pelo como una brocha que apuntaba al cielo. Me pintó los labios de rojo chillón. Luego me vistió con unas medias negras y un jersecito negro. Me ató a la cintura un manojo de pajas dobladas. Solo me faltó el caldero para ser como los nativos africanos que se dibujaban en aquella época, representando a los que guisaban a los exploradores. Supongo que alguien me vio e ideó el anuncio de los conguitos.
A Alfredito le puso una camisa militar de su hermano —que estaba entonces en la brigada paracaidista— cuyo faldón le llegaba casi a los tobillos. Le remangó las mangas. Las botas de goma le quedaban grandes. Le compró un revólver de baquelita, plateado y lleno de florituras, que hacía juego con un sombrero de vaquero de plástico negro. Luego, con las cejas y un bigote pintados con un tizón, se le veía como a un tipo ridículamente peligroso.
—Voy a matar a todos los indios —gritaba, cabalgando de un lado para otro sobre el palo de la escoba. ¡Clack, clack! sonaban los restralletes al apretar el gatillo y dejando en el aire un olor tenue a pólvora quemada, mientras blandía la pistola en alto.
Siempre llegábamos a casa rendidos de nuestras aventuras.
Una día en que la Tía Isabel estaba en la terraza, sentada en su sillón de mimbre, como tenía por costumbre:
—¡Sabelita, Sabelita! Tráeme el ladrillo caliente. Se me enfrían las piernas —me gritaba, mientras yo saltaba a la pata coja en el camino.
Corrí a hacer lo que me había pedido. Como siempre, le levanté los pies del suelo y le coloqué los ladrillos calientes que había sacado del horno de la cocina. Mientras yo estaba agachada, ella cogió su cacha, que siempre tenía al lado, y empezó a golpearme la espalda con ella.
—Anda. Toma. Pa que te apliques más la próxima vez —me gritaba, dándome.
Cuando Alfredito me oyó —¡Ay, ay! — subió corriendo los tres escalones. Le quitó de un tirón la cacha, la colocó tumbada sobre los escalones, le dio un fuerte pisotón y la partió en dos.
—Ala, Tía Sabelona. Así ya no le podrá pegar más a Sabelita con ella.
Con aquel gesto imprevisible se convirtió en un pequeño héroe para mí. Así que, hiciera lo que hiciera, toda la vida me sentí en deuda con él.
Alfredito era de esos niños que no conocían el miedo, solo el impulso.
Mientras Olga y Justito se encaramaban a los árboles frutales —unas veces a comer peras, otras a hincharse de los higos de la higuera que estaba delante de la casa—, cuando se subían al cerezo y Olga ya había comido todas las que quería, miraba hacia abajo:
—Toma estas, que tienen bicho, pa ti, que yo ya estoy harta —decía, tirándome un manojo de cerezas.
Yo me las comía sin prejuicio porque me sabían deliciosas. No averiguaba si lo tenían o no: me las metía en la boca sin abrir. Repetía la misma faena con los higos o las brevas.
En aquellos años, la vida nos enseñaba a golpes, a risas y a mordiscos de cereza.

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