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Cap. 3. Casa nueva - El burrito

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  Hay animales que pasan por la vida de una familia sin hacer ruido, pero dejan una huella que dura décadas. En mi infancia, aquel pollino pequeño y entrecano fue mucho más que un ayudante en las tareas del campo: fue compañero, cómplice de aventuras y, sin saberlo, maestro de paciencia y ternura. En casa, los animales no eran solo animales: eran compañía, ayuda y, a veces, maestros de paciencia. Nuestro pollino no llegaba a la categoría literaria de Platero, pero se le asemejaba en que era entrecano y gris, aunque no esponjoso. También era manso, obediente y cariñoso. Nos arrimaba la cabeza para que se la acariciáramos o rascáramos. Tenía los ojos muy grandes y las pestañas muy largas. Siempre estaba meneando el rabo: unas veces para espantar las moscas y otras, creo, para demostrar que estaba contento. Normalmente lo dejábamos suelto, paciendo alrededor del nogal, en la pradera que estaba junto a la era. Nunca se escapaba de allí. Agachaba la cabeza mansamente cuando íbamos a pon...

Cap. 3. Casa nueva - Imágenes inolvidables

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  Algunas imágenes se quedan para siempre en la memoria infantil: una sábana convertida en pantalla, el olor a harina y patatas, el regazo de mi madre y unos faroles gigantes iluminando la oscuridad. Así empezó mi manera de mirar el mundo. Tengo una imagen en la mente de la primera película que presencié. No fue en una sala cinematográfica, sino en la tienda de ultramarinos. Tenían un almacén y allí, sentados en los sacos que albergaban cereales o algo parecido, veíamos las películas. Nos acomodábamos sobre aquella blandura, entre el olor a harina, salvado y patatas. Yo, en el regazo de mi madre, miraba aquella película en blanco y negro. La única imagen que quedó grabada en mi mente fueron unos faroles muy grandes que aparecieron en la pantalla. La ocupaban entera. Me debieron de impresionar por su tamaño. Sé que se titulaba “El Cristo de los faroles”. Así solíamos ver las primeras películas en los pueblos. La primera vez que vi la televisión fue en el Bar de Toño. En el otoño de ...

Cap. 3. Casa nueva - Alas de leche

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  Hubo un tiempo en que el cielo y la tierra hablaban el mismo idioma. Un tiempo en que las alas trazaban círculos sobre nuestras cabezas y la vida nacía tibia, envuelta en vapor y heno. En aquellos días, el campo era un mundo entero: un lugar donde el miedo y la risa corrían descalzos, donde cada criatura tenía un secreto y cada tarde guardaba una lección. De ese paisaje de voces, mugidos y cantos infantiles, nacen estos recuerdos que aún hoy me rozan la piel como una brisa antigua.  Tengo algunos recuerdos hermosos de aquellos años en La Morería. La mayoría están relacionados con animales de tierra y aire. Uno es el de las cigüeñas. Venían a visitarnos cuando hacía buen tiempo. Aquellos seres emplumados brillaban con su plumaje blanco y gris, haciendo círculos lentos e invisibles en el cielo, sobrevolándonos en El Campo mientras jugábamos. Su nido reinaba sobre el campanario de la iglesia. Eran intocables: limpiaban el campo de culebras y otros bichos que no nos gustaban a l...