Cap. 3. Casa nueva - Alas de leche
Hubo un tiempo en que el cielo y la tierra hablaban el mismo idioma. Un tiempo en que las alas trazaban círculos sobre nuestras cabezas y la vida nacía tibia, envuelta en vapor y heno. En aquellos días, el campo era un mundo entero: un lugar donde el miedo y la risa corrían descalzos, donde cada criatura tenía un secreto y cada tarde guardaba una lección. De ese paisaje de voces, mugidos y cantos infantiles, nacen estos recuerdos que aún hoy me rozan la piel como una brisa antigua.
Tengo algunos recuerdos hermosos de aquellos años en La Morería. La mayoría están relacionados con animales de tierra y aire.
Uno es el de las cigüeñas. Venían a visitarnos cuando hacía buen tiempo. Aquellos seres emplumados brillaban con su plumaje blanco y gris, haciendo círculos lentos e invisibles en el cielo, sobrevolándonos en El Campo mientras jugábamos. Su nido reinaba sobre el campanario de la iglesia. Eran intocables: limpiaban el campo de culebras y otros bichos que no nos gustaban a los campesinos.
De repente, me veo corriendo con otros niños del barrio. Tenemos los brazos extendidos en cruz. La brisa nos lame los rostros. Giramos alrededor de ese árbol, que aún hoy se yergue allí, un enorme negrillo que da sombra a la mitad de la plaza, mientras cantamos a voz en grito, mirando las nubes blancas que corren deshaciendo sus figuras mágicas, deshilachándose como algodón al viento:
Cigüeña barreña, la casa se te quema,
los hijos se te van.
Por la calle pequeña del niño San Juan,
¡grítale, grítale, que ya volverán!
La cigüeña, con sus alas desplegadas, vuela bajo como si descendiera a escuchar nuestro canto. Da algunas vueltas arriba y abajo. Luego se va.
—“Irá a buscar algún niño para llevárselo a sus padres” —pensaba yo, mirando hacia el cielo con los ojos entornados, medio cegada por el resplandor del sol primaveral.
Otro recuerdo es el de nuestras vacas.
Después de la escuela íbamos a un prado junto al río. Llevábamos a pastar a la del abuelo, y a su hija, una jata gris, de pelo suave y muy juguetona.
Mientras el prado se llenaba del sonido húmedo y acompasado de las vacas rumiando, un chof‑chof que parecía marcar el ritmo de la tarde, y el rumor lejano del río, Olga y yo levantábamos una cabaña en la pradera mullida con una yerba que nos llegaba hasta media pantorrilla, verde y brillante como si acabara de beberse la luz. La construíamos como una tienda india, con ramas de los chopos cortados que encontrábamos cerca. Después, para sujetarla, clavábamos las ramas y las atábamos arriba con juncos que crecían en las orillas de la poza. Le dejábamos una puertecita, por la que se metía mi hermana. Yo era su clienta y le compraba comida.
—Buenas tardes, tenga usted, señora tendera ¿Qué puedo comprarme con estas cinco perras gordas? —le preguntaba yo con las manos cruzadas sobre el vientre y el puño cerrado sujetando las monedas-piedrecitas.
—Muy buenas tardes, señora. Pues hoy me ha llegado esta carne de ternera, que está fresquísima. Y estos peces recién salidos del rio. Todo muy fresco y barato. —respondía mi hermana sabionda como experta vendedora. Se agachaba y, por el ventanuco, sacaba toda clase de yerbajos y flores. Yo solía comérmelo todo como si fuera un manjar: las acederas con aquel sabor agrio eran mis favoritas; el hinojo, de olor delicioso, y el trébol tampoco me sabían mal, pero otras podían ser hasta venenosas.
Un día, cuando la jata ya era adolescente, la tomó con mi hermana. Le metió los cuernos entre las ramas y la levantó por los aires, sacudiéndola dentro de la cabaña como a un pelele. Crujían las ramas medio secas y los palos desgajándose como huesos de madera y el aire silbaba a su alrededor mientras la zarandeaba…
—¡Socorro, socorro! ¡Que me mata! —gritaba ella, mientras daba vueltas por el aire.
Yo corría despavorida de un lado a otro sin saber qué hacer.
Por fin, la jata se cansó, así que pudimos regresar a casa. Ella, toda magullada y dolorida.
—Tengo que vender esta jata o un día nos mata —decidió mamá.
Así que la llevó a la siguiente feria de Cacabelos y la vendió. Al cabo de un tiempo nos contaron que había destripado a su nuevo dueño. Todos en casa nos santiguamos —¡Jesús, Jesús! —, besamos el pulgar derecho y rezamos por él. Sabíamos que nos habíamos librado de un peligro, pero mamá no fue consciente hasta entonces de lo grave que era.
Así que nos quedamos solo con Bonita, su madre, que era la vaca del abuelo Lorenzo.
Ya vivíamos en la casa nueva, pero yo era aún muy pequeña.
Una mañana, muy temprano, hacía mucho frío. La Navidad estaba cerca. Mi madre me despertó, me arropó con el chal negro de lana, que me picaba en las mejillas. Me llevó en brazos a la cuadra. Acababa de nacer. Aún no se tenía en pie. Allí la vi por primera vez, entre el calor del heno mullido, el olor tibio de la paja se mezclaba con ese aroma metálico de la sangre fresca... Su madre, Bonita, la lamía sin cesar, limpiándole los restos que le quedaban en la piel. El vapor cálido de la madre empañaba el aire frío de la mañana.
Era negra, con manchas blancas desiguales a ambos costados. También tenía un poco de blanco en la punta del rabo, como un pincel. Mamá me mostró su frente:
—Mira, Belita. Tiene una estrella blanca aquí. La llamaremos Estrellita.
Estrellita se hizo una vaca enorme y mansa. Mi hermana y yo la llevábamos a pastar con facilidad. Después de su primera cría, le creció una ubre enorme. Siempre fue muy lechera. Llegó a darnos hasta veinticinco litros de leche diarios.
Con ella, mi madre preparaba rebanadas de pan untadas con mantequilla, que descremaba cada día tras hervirla. Quién podría olvidar aquel sabor y olor a leche recién hervida. Guardaba una poca para hacer requesón que sabía a gloria. Otra la tomábamos en el desayuno, con pan migado en el tazón. ¡Um, qué rica! A veces la cocina se volvía dulzona con olor a pastelería: flanes, natillas o arroz con leche y canela. El resto se vendía, salvo en fiestas.
Para Santa Marta o San Pedro, los patrones del pueblo, mamá usaba parte de la leche para hacer roscas, roscón o brazo de gitano, nuestro pastel favorito: aquel blandito con un relleno amarillo, cremoso y adornado con confites de colores. Yo me apuntaba de ayudante cuando preparaba los dulces. Esperaba con ansiedad a que me pasara la cuchara embadurnada con restos de crema. Me dedicaba a relamerla hasta dejarla reluciente. Antes de fregar los boles, pasaba mi dedo índice por dentro una y otra vez, y lo chupaba. La crema tibia dejaba un rastro dulce en mi lengua que me acompañaba hasta la hora de ir a la cama. Me gustaba ayudar así a mamá con el fregado.
“Entre alas, cuernos y leche tibia se tejieron mis primeros aprendizajes: el miedo, la compasión y la dulzura de estar viva.”

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