Cap. 3. Casa nueva - Planos y plan
A veces la infancia se construye igual que una casa: con ruido, polvo, manos ajenas y algún que otro desliz propio. En este capítulo vuelvo al verano en que mi padre levantaba paredes y yo descubrí, sin quererlo, que también tenía mis propios “planes”. Entre cimientos, toses y travesuras, la memoria se abre paso con humor y un guiño cómplice. Ojalá te asomes conmigo a aquel tiempo en que todo estaba por hacerse… incluso yo.
Calculo que la nueva casa paterna empezó a construirse hacia 1959, en una finca situada a la entrada de las edificaciones que pertenecían a mi familia materna, los Carballo, bisabuelo de mi madre. Él había sido Guardia Civil durante la República y tenía fama de ser “de armas tomar”. Él y su esposa, María, tuvieron dos hijos varones y tres hijas por este orden: mi abuela, Bárbara, Isabel y Teresa.
Aquellas construcciones familiares forman, aún hoy, un área cuadriculada de viviendas de dos plantas a ambos lados de un camino que lleva al río Sil. Además de las casas levantadas para cada hijo, había cuadras, una fragua, una era, un pozo, una huerta con: nogal, peral, cerezo e higuera; y una pradera alrededor, que lindaba con la finca del cura.
Cuando mis padres empezaron a construir su casa, en aquella barriada vivían la abuela Bárbara, frente a la fragua; la tía Isabel y su marido, a la izquierda; y la familia Gutiérrez, que había comprado a los míos la casa de la derecha, la fragua y dos o tres huertos.
Os parecerá raro que mi familia fuera dueña de una barriada entera. Yo la escuchaba nombrar, de pequeña, como La Morería.
Al comenzar estas memorias no sabía si era un dato histórico, así que consulté el Diccionario geográfico‑estadístico‑histórico de España y sus posesiones de Ultramar, de Pascual Madoz, de mediados del siglo XIX.
Allí, en el mapa de Dehesas, está La Morería, que parece situada cerca de la iglesia. Así que supongo que debía de ser el barrio de mis antepasados.
Por eso deduzco que desciendo de moriscos por parte de madre. Quizás esa sea la razón por la que mi hermana tenga unos ojos verdes grandes y preciosos.
En aquella finca rectangular, a la izquierda, justo delante de la vivienda de la tía Isabel, antes de la presa (arroyo) que la cruza por delante, comenzaron a levantar lo que surgió de los planos dibujados por mi padre.
Para no haber ido mucho a la escuela, era un chico listo. Con ayuda de amigos y vecinos, la casa fue tomando forma poco a poco, mientras alternábamos la vida entre la casa del sastre y las comidas en la de la tía Isabel y el tío Cecilio.
Paulatinamente fue desapareciendo el olor a yerba. La pradera verde se convirtió en paredes que se alzaban como gigantes ante mis ojos de cuatro años.
Aquellos meses transcurrieron como una pesadilla que nos atormentaba a diario: polvo gris por todas partes, olor penetrante a cemento, narices acartonadas, ruido de excavadora abriendo el hueco para la bodega, palas amasando, ladrillos apilados, nivelación del forjado y la cimentación…
Todo mezclado con el sudor ácido de los hombres.
El aire cálido del verano olía a cal y a tierra removida. El arroyo murmuraba al fondo, como si también vigilara la obra.
Todos aquellos polvos contaminantes acrecentaron el ritmo de mis toses, hasta hacerme caer rendida de sueño cada día.
A veces pienso que aquella casa empezó a levantarse también dentro de mí.
¡Qué agotamiento, qué cansancio!
Uno de aquellos días, mi padre me pidió que bajara de casa de la tía Isabel la grasa de caballo para protegerse las botas del cemento.
Parece que yo no era muy diligente entonces ante las peticiones de mi progenitor. Como tardaba más de lo debido, pidió a Olga que subiera a buscarme.
(Esta es una fechoría mía que yo odio, pero aun así la cuento.)
Mi hermana dice que me encontró sentada en el corredor, sin bragas, con las piernas abiertas y toda embetunada.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Sabelita se untó toda la “pesquisa” (vulva), la barriga y el culo! —voceaba para que todo el barrio la oyera.
Así, tanto mis padres como los que trabajaban con ellos se partieron de risa a mi costa.
Aquel fue otro de mis experimentos. Aunque no sé si era artístico o no.
Quizás aquel impulso de probar la grasa fue mi primer intento de entender el mundo con las manos.
Lástima que el mundo, aquella vez, fuera tan resbaladizo. Yo quería experimentar… y acabé brillando como una sardina. En casa aún se ríen… y yo aún me sonrojo.

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