Cap. 2. La mujer de negro - Primeras compañías

 



Hay memorias que regresan como un murmullo: un nombre dicho entre risas, una fotografía desvaída o ajada, un gesto que aún ilumina la infancia. En este capítulo vuelvo a esos primeros vínculos que dieron forma a mi mundo, cuando todo era descubrimiento y cada afecto dejaba una huella pequeña pero profunda. 

Son recuerdos que no hacen ruido, pero siguen latiendo. 

Ojalá te acompañen mientras los lees.


Mis dos primeras compañías infantiles fueron mi hermana, Olga, y un vecino de mi edad, Paquito.

A las vecinas que lavaban con mi madre les encantaba preguntarme, mientras yo, agachada, ponía trocitos de hierba en el sendero de las hormigas para ver si los subían o se los llevaban al nido:

—¿Tienes novio?

—Sí —respondía yo, muy segura.

—¿Y quién es tu novio?

—Caquito.

Como en aquella respuesta estaba la gracia, se partían de risa.

Aquel Caquito vivía en una casa de dos plantas, justo enfrente, al otro lado de la carretera. Era un canijo morenito, de ojos negros, hundidos y brillantes, con una mata de pelo azabache rizada que le caía sobre la frente como una visera.

Una vez estuve en su casa. Me asomé a una ventana y vi que por detrás la rodeaban unas zarzas enormes. Me dio mucho miedo y no quise volver.

Mamá decía que jugábamos siempre juntos y que andábamos cogidos de la mano.

—Erais muy pequeños. Tendríais unos tres años. Hacíais mucha gracia a todo el mundo diciendo que erais novios.

Alguna vez lo volví a ver, ya de adolescente, cuando iba al pueblo. Estaba en el bar, frente a la casa de mi abuelo. No sé si me reconoció, pero ni nos saludamos. Seguía siendo flacucho, muy moreno, con el pelo brillante y una sonrisa enorme que dejaba ver una dentadura blanquísima.

Eso es todo lo que he sabido de aquel prematuro amor mío.


Tengo recuerdos muy vagos de mi relación con mi hermana en aquella época.

Hay una foto en la que estamos las dos con mi madre. Yo tengo menos de un año; mamá me sostiene en brazos. Llevo un “quiquiriquí” en lo alto de la cabeza, como los bebés de las películas americanas que aparecían en los botes de nuestra papilla infantil. Estoy rellenita y sonriente.

Mi hermana, en cambio, aparece muy seria y con las piernas vendadas.

—¡Qué raro! —le pregunté un día—. ¿Por qué tienes puestas estas vendas?

—Es que me había quemado las piernas con aceite.

—¡Eras una pupas!

—Es que era un trasto.

Mi madre nos alimentó con la primera papilla comercializada en España por Nestlé. En el armario abundaban los botes con la carita de aquella bebé de pelo negro estirado y ojos azules, a la que se le caía una gotita de papilla por la comisura derecha. Arriba, en letras rojas elegantes, decía “Anfimón”, aunque todos lo llamaban “Pelargón”.

No podía olvidar a aquel bebé porque mamá reutilizaba los botes vacíos. En el armario de la cocina había siempre contenedores de Pelargón, pero ya albergaban cualquier otra cosa útil para cocinar o coser: harina, garbanzos, “pedrellas” (muelas legumbres), judías secas, lentejas, algodón, botones, hilos, corchetes… lo que cupiera.

Aquel armario‑alacena era blanco, de esquinas redondeadas, con puertas verde claro: dos cuadradas arriba, una encimera en el centro y dos puertas más altas abajo. Era el único mueble de almacenaje que teníamos. Ocultaba nuestros tesoros secretos y amueblaba la cocina junto con la mesa de formica jaspeada azul claro y las cuatro sillas a juego.

Era una especie de ser vivo que se transladaba con nosotros de un lugar a otro hasta que yo fui adulta. Al final de sus días, no solo estaba habitado por los desgastados botes del Pelargón: compartía espacio con los amarillos de tapa roja del Cola‑Cao. Yo le tenía cariño; por eso, de vez en cuando, le repintaba lo blanco.

No tengo recuerdos de haber jugado con mi hermana en aquellos primeros años.


El primer recuerdo nítido que tengo de Olga es en casa del abuelo Lorenzo. Nos gustaba andar por fuera de la balaustrada del corredor. Mamá nos lo tenía prohibido, porque había unos tres metros de caída.

Pero cuando todos dormían la siesta, nosotras metíamos los pies entre los palitroques y recorríamos, desde fuera, todo el corredor, agarradas a la barandilla de madera. Era un deporte de riesgo, pero nos divertía.

Después la recuerdo con un cabestrillo sujetando su brazo derecho, vendado, a la altura de la cintura. Nosotras llamábamos “avión” a aquel ángulo metálico de noventa grados que mantenía la escayola inmovilizada.

—¡Anda! —me dijo una vez—. Es que me caí abajo. Podía haberme matado, pero como soy dura de mollera, solo me rompí el brazo. Por eso soy zurda.

—¿Y en la escuela? —le pregunté.

—Me ataban el brazo izquierdo a la espalda para que no escribiera con él. Pero yo, erre que erre. Al final hago unas cosas con la derecha y otras con la izquierda.

—Pues eso es una ventaja.

—Bien mirado, sí.

Mamá está muy guapa y sonriente en esa foto: el pelo ondulado, un vestido de flores, una chaqueta de punto abotonada en la cintura y unas zapatillas que debían de ser grises o azul claro. Vestía sencillo, pero siempre parecía elegante. A pesar de nuestra pobreza no tenía nada que envidiarle a una actriz de Hollywood de su época. En ella se la ve muy feliz. 

Mi hermana no sabía que aquel “avión” de escayola sería su primer acto de rebeldía. Pero lo fue.

Este texto (Cap. 2. La mujer de negro - Primeras compañías) es propiedad de Berta-Isabel Cuadrado Álvarez. No se puede copiar. Tampoco compartir sin mencionar a la autora.

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