Cap. 2. La mujer de negro - Primeros recuerdos: Nací en la casa de un sastre
Nací en una casa de piedra, sobre el taller silencioso de un sastre solitario.
De aquellos días sólo guardo destellos: una luz temprana, el frío de las paredes, el rumor de mi madre pedaleando hacia Ponferrada.
Allí empezó todo, entre telas negras y memorias que otros me contaron antes de que yo pudiera recordarlas.
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No es fácil escribir sobre los primeros recuerdos. Lo que guardo en la mente es una mezcla de imágenes vividas y relatos que otros pusieron en mis oídos. La memoria, a veces, es un telar donde se confunden los hilos.
Nací el 28 de marzo de 1955. Me dijeron que era miércoles, y con eso me quedé. También que fue temprano, sobre las seis de la mañana. Tal vez por eso nunca me ha molestado madrugar: como si el cuerpo recordara la hora en que empezó todo.
Vine al mundo en una casa antigua, de piedra, fría en invierno y fresca en verano. Mis padres alquilaban la parte de arriba a Fernando, el sastre. Era un hombre enjuto, de pelo rizado y canoso, siempre vestido de negro. Vivía solo. Tenía una forma de mirar de lado, como Cary Grant, aunque sin la belleza del actor. A mí me parecía simpático, quizá porque era uno de esos adultos que no imponían miedo.
Por entonces, mi madre vendía leche en Ponferrada. Iba en bicicleta, con unas sujeciones improvisadas para acarrear las lecheras. Mi padre, en cambio, seguía yendo a Villaverde de la Abadía a trabajar las fincas de mis abuelos, como si el matrimonio no lo hubiera alcanzado del todo. Aquello decepcionaba profundamente a mi madre, según ella recordaba. Era como si él viviera en dos mundos y no acabara de elegir ninguno.
Nunca entendí por qué decían que “habían ido a por mí”. Mi hermana no fue de encargo. Nació el 6 de junio de 1951, por la tarde, poco después de la boda. Mi madre tenía 21 años; mi padre, 19. La familia de él, que se consideraba más rica, no quería que saliera con ella. Decían que mi abuela materna tenía mala fama, y eso bastaba para levantar muros.
Pero él se escapaba por la ventana, con ayuda de su prima Eloína, que le guardaba la ropa de los domingos. Se deslizaba por el montón de paja de la cuadra, se cambiaba en casa de su prima y corría al pueblo vecino para verla. Mi madre me contó que hacían cosas que le gustaban, pero no imaginaba que con eso podía quedarse embarazada. Solo lo supo cuando le crecieron los pechos y la tripa.
Entonces su mejor amiga, santiguándose, exclamó:
—Jesús, Jesús. Si estás preñada.
La ignorancia sobre la vida sexual marcaba a las mujeres pueblerinas de aquella época. Mi madre no tenía más información que la mayoría de ellas. La vida se aprendía por golpes, no por explicaciones.

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