El sobre que huele a rosas
Hace hoy tres años que me llegó, para mi
sorpresa, un sobre sin remitente. Era de papel reciclado anaranjado, fuerte y
áspero, pero desgastado y arrugado por las esquinas. Olía a viejo. Parecía
haber viajado dando la vuelta al mundo antes de llegar a mis manos. Por el
matasellos medio borroso supe que provenía de los EE. UU. Me dio que pensar.
El único pariente que nos quedaba allí era el tío
Tom, el hermano mayor de mi madre, que había migrado a ese país después de la
Segunda Guerra Mundial. Mamá solía recordar la escena desgarradora del puerto:
él lloraba a mares, agitando su pañuelo, mientras ella corría tratando de
alcanzar la huida del enorme barco que llevaba a cientos de judíos, como ellos.
Sus corazones rotos se preguntaban cuándo volverían a verse. Aun así, sabían
que era la mejor forma de emprender una nueva vida, lejos de peligros y persecuciones.
Cuando yo era pequeña vino alguna vez a vernos a
York. Lo recuerdo como un hombre muy alto, vestido con un traje claro. Muy
elegante, desprendía un perfume embriagador. Su pelo, muy negro, repeinado
hacia atrás. Se había cambiado el nombre y el apellido. Según mamá, no debían
identificarlo como judío. Temía persecuciones. Aquella obsesión no se le había
quitado nunca.
Al abrir el sobre desplegué un documento y, al
hacerlo, un papel alargado y fino planeó hasta el suelo. Al levantarlo
comprobé, con incredulidad, que era un cheque nominativo. ¡Estaba a mi nombre!
Y su valor marcaba, en letras y cifras, cinco millones de dólares. Me quedé
anonadada. Sonreí, atontada, creyendo que sería una broma. Desdoblé el
documento que lo acompañaba. Lo leí con avidez hasta llegar al párrafo donde se
especificaba: “siendo usted su única heredera viva”. Lo firmaba un abogado de
Nueva York, albacea testamentario del tío Tom.
Noté una fuerte palpitación en las sienes y a
ambos lados de la garganta. Me costaba tragar saliva por la emoción. Me
temblaban las piernas. Me senté un rato, abanicándome con el propio sobre. Aún
me parecía mentira. Era tan difícil de asimilar.
Cuando recuperé mis sentidos, respiré hondo.
Tenía que hacer algo con aquellos papeles que quemaban mis manos sudorosas.
Llamé al director de mi banco. Le expliqué, a grandes rasgos, el motivo de mi
llamada. Me costó hacerme comprender: las palabras se me atropellaban. Él se
dio cuenta de mi inestabilidad emocional. Se mostró amable y comprensivo. Me
dio cita para la mañana siguiente.
Sentado frente a su ordenador, observó el cheque
con detenimiento. Se levantó, salió y regresó al cabo de unos minutos.
—Sí —me confirmó—, el cheque es legal y la
información del abogado es correcta.
Mis piernas tenían el baile de San Vito mientras
él tecleaba haciendo cuentas. Quise ponerme a dar brincos de alegría, pero
permanecí aferrada al sillón. ¿Cómo era posible que no percibiera el borbotón
de fluidos que recorrían mi cuerpo de arriba abajo? Con el envés de la mano
sequé las gotas que se descolgaban de mi barbilla. No podía atajar el hilo
cálido que se deslizaba desde mis axilas hasta la cinturilla del pantalón. Me
abanicaba con el sobre milagroso, pero no lograba contener mis efluvios calóricos.
Por fin concluyó:
—Tendrás que pagar casi un millón y medio de
impuestos. Se te quedarán unos dos millones ochocientos mil euros, limpios de
polvo y paja.
—¡Madre mía! —exhalé, medio desmayada—. Nunca
hubiera imaginado tanto dinero junto. No sé qué hacer.
—Lo mejor es ingresarlo en tu cuenta o abrir una
nueva para este ingreso.
Después de casi seis meses de gestiones y dolores
de cabeza, Hacienda dejó en mi cuenta casi tres millones de euros. Miraba
aquella cifra en mi nueva cuenta. Aún no me entraban en la cabeza aquellos seis
dígitos.
Durante ese tiempo decidí viajar a los EE. UU.
Quería visitar la casa, el barrio y a los vecinos o amigos que hubieran
conocido al tío Tom. Un mes después preparé el viaje. Llevé solo lo
imprescindible.
Cuando sobrevolamos el aeropuerto J. F. Kennedy,
me abrumó la inmensidad y el ajetreo incesante de la ciudad. Me sentí dentro de
un avispero ajeno. Al cruzar los amplios pasillos me inundó un olor dulzón a
palomitas recién hechas. Sentí un gran vacío ante la magnificencia de aquella
modernidad arquitectónica. Sus venas blancas de acero, erguidas hacia el cielo,
me transmitieron una sensación de pulcritud, como si allí no pudieran reinar
virus ni bacterias.
Recordé que llevaba anotado el número del
matasellos de la misiva del abogado. Fue la única referencia que pude darle al
taxista. Le expliqué que buscaba el rastro de mi tío fallecido. Él presumió de
conocer muy bien la ciudad y me indicó hacia dónde debíamos dirigirnos. Pronto
me dejó ante el despacho del abogado, que no pareció sorprenderse de mi
presencia. Diría que me esperaba.
Me informó de que el tío Tom le había dejado
instrucciones precisas sobre cómo localizarme. Yo ignoraba que supiera dónde
encontrarme. Al parecer, había seguido mis pasos como escritora. Mi periódico
le proporcionó la dirección. También le había confesado lo orgulloso que estaba
de tener una sobrina escritora. Aquello me conmovió profundamente.
Para mi incredulidad, el tío Tom no vivía en una
zona de millonarios, sino en la barriada de Washington Heights. Al bajarme del
taxi, escuché conversaciones en inglés y en español. Supuse que muchos eran
hispanoamericanos por su aspecto, tan distinto del que estaba acostumbrada a
ver en mi vecindario en Gran Bretaña.
Cuando llegué a la dirección proporcionada por el
abogado, me desconcerté de nuevo. La antigua casa del tío Tom tampoco era
ostentosa. Se encontraba en Riverside Dr., una calle no muy ancha que allí
describía una suave curva. Solo vi casas a su lado izquierdo. Enfrente, tras
subir unos tramos de escaleras para salvar una zona verdosa escalonada, se
llegaba a un parque frondoso. Los grandes árboles desprendían un frescor
delicioso, ensanchando los pulmones con su oxígeno puro. Supuse que habría sido
un hermoso lugar de asueto para él. Entrecerré los ojos, imaginando cómo
contemplaría aquella barrera vegetal cada día.
El portero era un viejo mexicano. Me dio la
impresión de que llevaba consigo un olor cálido, como a tacos. Fue muy amable.
Se disculpó por no poder enseñarme la casa: ya tenía nuevos dueños. Sin
embargo, se detuvo a narrarme, complacido, algunas costumbres de mi tío.
—Lo echo mucho de menos —me dijo—. Siempre bajaba
a medianoche, en pijama y zapatillas, a dejar la basura. Nunca permitía que yo
subiera a recogerla. Le gustaba hacerlo él mismo. Se levantaba temprano. Iba al
Centro de Salud y luego a la farmacia por las medicinas de su señora. Siempre
le traía alguna delicia para el desayuno. Era muy atento. También conmigo: cada
cumpleaños me regalaba algo. Mire, este reloj de pulsera es suyo. Y cómo
disfrutaba con la naturaleza… Salía a pasear por el parque con una bolsita de
semillas. Las iba regando a su paso. Los pajaritos lo perseguían y a veces se
le posaban en los hombros. Los paseantes lo miraban con asombro. Tal vez
pensaran que estaba un poco loco.
El portero me dio direcciones de personas que
podrían contarme más. Poco a poco, entre cafés aromáticos unas veces y tés de
distintos sabores y muffins otras, fui conociendo a sus amigos o a los
descendientes de ellos. La mayoría eran refugiados judíos alemanes y
austríacos, supervivientes o exiliados del nazismo. Habían sufrido experiencias
terribles. Me mostraron fotos de encuentros con mi tío. En algunas aparecía
junto a mi tía Joanna, antes del accidente. Tenía un semblante alegre y jovial.
Me extrañaba que no hubieran tenido herederos. El
amor de su vida había sido Joanna, también judía y de origen austriaco. No
tuvieron hijos, aunque los desearon mucho. Ella había fallecido cinco años
antes que él. Se les veía muy enamorados.
Los conocidos sabían de la existencia de mi
madre, pero Joanna llevaba veinte años paralítica y necesitaba muchos cuidados.
Él se había dedicado en cuerpo y alma a atenderla. Así comprendí su falta de
contacto con nosotros.
Mi extrañeza por la herencia se disipó cuando me
contaron que eran una pareja muy ahorradora. Él se había convertido en un
experto inversor en bolsa y había ayudado a muchos amigos a amasar una pequeña
fortuna. Nunca hicieron ostentación de riqueza. Su tren de vida era sencillo,
salvo por los gastos médicos de ella.
Me guardé de comentarles el mensaje del abogado o
el cheque.
Les pedí que me enviaran copias de las fotos que
conservaban. Quería guardar recuerdos de aquella tía de la que acababa de
saber. Pasé una tarde entera revisando las imágenes y releyendo los
comentarios. Me pregunté a qué olería su cuerpo postrado tantos años. Agrandé
las fotos, buscando en sus pupilas alguna traza que revelara una idea sobre mí.
Me quedé con la duda sin confirmar.
Cuando regresé de mi aventura neoyorquina, decidí
comprarme una casita en la costa sur de Francia. Me apetecía anclarme en un
pueblo costero bien comunicado y con buenos servicios. El resto de la herencia
lo dejé en el banco. Con los intereses pensaba viajar por Gran Bretaña y
visitar a parientes que hacía tiempo que no veía. Quería ser una emisaria
familiar. Relatarles la historia de aquel tío misterioso. Algunos lo habrían
conocido; otros quizá ni lo habrían oído nombrar. Me encargué de ser la propagadora
de su recuerdo. Uno suele agradecer que alguien lo rememore cuando ya no está
en este mundo.
Esta mañana ha sido el tercer aniversario. A modo
de celebración, volví a sacar el sobre del cajón de mi cómoda. Lo acerqué a la
nariz. Poco a poco iba adoptando el perfume a rosas de los jaboncitos
esparcidos entre mis cosas. Me agradó que se contagiara de aquel olor
delicioso. Lo devolví a su lugar, rodeado de recuerdos valiosos.
Cada día doy gracias por la generosidad del tío
Tom. Las rentas me permiten vivir holgadamente y dedicarme a escribir sin
preocupaciones económicas.
Sentada en mi butaca, diviso el mar desde la
terraza. A veces me llega una ráfaga de brisa con perfumes marinos: salitre,
conchas molidas, algas. Otras veces asciende el aroma de la resina de los pinos
cercanos. Hincho los pulmones de tanta sutil belleza. Observo, en lontananza,
la fusión imaginaria entre el agua y el cielo. En esa línea percibo su llamada
desde el más allá. Su bondad me reclama.
Tomo una decisión. Harta de escribir artículos
políticos que no dejan huella, voy a juntar las piezas del puzle. Me sentaré
frente al ordenador. Escribiré las memorias del tío Tom. Nadie mejor que él
merece mis palabras.

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