Cap. 5.2. Parecía un santo
Este episodio recorre la transformación de mi padre: del hombre alegre y
luminoso que todos admiraban al enfermo que se aferró a la fe, a los rituales y
a cualquier esperanza que pudiera salvarlo. Buscó una salida que nunca llegó. Es
un retrato íntimo de su lucha y el recuerdo más humano y doloroso que guardo de
él.
La imagen que más tengo grabada de papá es su sonrisa.
Era amplia, siempre dispuesta para todo el mundo, y mostraba unos dientes
blancos preciosos. En Dehesas siempre me han dicho que era un hombre muy guapo.
Viendo sus fotos, creo que sí lo era. Tenía una de esas sonrisas que iluminan
los rostros, generosa y franca. Cuando era adolescente, la gente del pueblo
solía preguntarme:
—Eres la hija de Nicanor, ¿verdad? ¡Ay, Dios!
¡Cómo te pareces a él! ¡Tienes su misma sonrisa! ¡Tu padre era un hombre muy
guapo… y con aquellos ojos!
Era de cuerpo enjuto y bien formado, casi
atlético. La boca, perfectamente dibujada, con labios equilibrados —ni carnosos
ni finos—, estaba adornada con un lunar sobre el labio superior izquierdo que
me dejó en herencia. Pómulos salientes y ojos grandes, color miel, que se
volvieron profundamente hundidos con el dolor, como si miraran hacia su
interior. Tenía una de esas miradas febriles, rodeadas de una aureola violácea,
que brillaban por encima de unas mandíbulas descarnadas y le daban un aire aún
más apasionado por la vida. Era hermosa. Tenía la belleza mística de un joven
resignado y condenado a muerte.
Pero la espiritualidad de mi padre no estaba solo
en sus ojos. Todo él era puro misticismo. Era creyente, temeroso de Dios y
también receloso de su destino, aunque trató de zafarse de él con todas las
fuerzas que tuvo a su alcance.
Papá padecía una desproporcionada superstición
que, unida a su profunda religiosidad, lo volvía difícil de contentar. Por su
carácter crédulo, su catolicismo acérrimo y su candidez, buscaba una cura para
su cáncer —completamente terminal en aquella época—. Cada remedio duraba lo que
tardaba en agotarse su renovada ilusión. A medida que la enfermedad avanzaba,
su sentido del humor fue decreciendo y aumentó su obsesión por prácticas
“religiosas” que él consideraba capaces de curarlo o alargarle la vida. Su enfermedad
lo agravó todo.
No tenía enemigos, salvo una vecina a la que
decía que era bruja y se santiguaba al cruzársela. Alguien que lo influyó mucho
fue la “Bruja de Santalla”, de un pueblo al otro lado del río, que “adivinó”
que la tía Isabel lo miraba con “mal de ojo” porque estaba endemoniada. Desde
entonces, la tuvo entre ceja y ceja, y nada de lo que ella opinara o sugiriera
le parecía bien. Como no podía echarla de casa, aquella buena señora le recetó
el bálsamo “cura todo”, para que las maldades de la tía no siguieran mellando
su frágil salud.
Así que mamá tuvo que llevar una enorme rama de
olivo el Domingo de Ramos para que la bendijeran durante la procesión. Después,
cada noche, debía cortar una ramita, mojarla en el frasco de agua bendita —que
la curandera había rellenado desde la pila bautismal— y pasarla tres veces por
debajo de la cama mientras recitaba una oración escrita por la Bruja de su puño
y letra. Otra no servía. Esta conjura se repitió a diario desde el año anterior
a la operación y hasta su muerte.
Luego se ofreció a ir en peregrinación a la
ermita del Santo Niño del Remedio, que —como su nombre indica— prometía ser
otra curalotodo. Allí, mis padres fueron advertidos de que la ofrenda solo
tendría efecto si compraban cera, para que el Santo no se enfadara. Así que,
antes de marcharse al Gran Hospital de la Beneficencia del Estado (Hospital de
La Princesa) en Madrid —inaugurado el año en que nací—, papá ordenó vender una
finca para poder comprar la cera requerida.
Le cortaron la mayor parte del colon y le
colocaron una bolsa de ostomía, sujeta al lado izquierdo de la cintura, para
evacuar. Aquella no era una práctica quirúrgica habitual en la España de
entonces. Pocos sobrevivían a ella.
Mientras estaba en el Hospital Provincial de
Madrid, papá pidió a mamá que comprara cuarenta kilos de cera y los llevara en
ofrenda a la Basílica de Jesús de Medinaceli. Mamá salió temprano, sin
desayunar. Caminó desde el número 47 de la calle Doctor Esquerdo hasta la Plaza
Mayor. Después de comprarla, la acarreó en dos bolsas de veinte kilos hasta la
puerta de la Basílica, cerca de donde hoy están las Cortes. La encontró
cerrada. Un sacerdote llegó para celebrar la misa del mediodía y se topó con mi
madre, medio desfallecida, vestida de oscuro, con su pañuelo negro atado a la
cabeza, sentada en la escalera de entrada.
—¿Qué haces aquí? ¡Fuera! No puedes pedir aquí
—gruñó el sacerdote, que la había tomado por mendiga, mientras le daba patadas
para que se levantara. —Es que le traigo esta ofrenda por mi marido, que está
muy enfermo… —logró balbucear mamá, llorando y mostrándole la cera. —Dame las
bolsas y vete. No puedes entrar —le dijo, arrancándole las bolsas de las manos
y cerrando la puerta tras de sí.
Mamá no recordaba cómo fue capaz de regresar al
hospital junto a mi padre. Cuando yo era jovencita y, en misa, el sacerdote
predicaba la caridad cristiana, aquella imagen de mi madre maltratada afianzaba
mi rebeldía contra lo que me enseñaban en la catequesis.
Papá volvió a hacer otra ofrenda a Jesús de
Medinaceli en remembranza de la muerte de Cristo. Mamá fue a la Plaza Mayor, a
una tienda que vendía ropas de órdenes religiosas. Al regresar del hospital,
papá llevaba puesto el hábito que nunca se quitaría: una camisa morada con un
cordón grueso, amarillo, a modo de corbata, que recordaba el hábito del Jesús
Nazareno de las procesiones de Semana Santa. Tal vez por eso siempre me ha
horrorizado esa celebración.
El misal de mi padre estaba lleno de estampitas
de santos. Unas se las daban en las iglesias que visitaba; otras se las traían
los amigos y familiares que pasaban por casa a verle. De ellas también sacaba
material para sus dibujos.
Llegó un momento en que a su cinturón ya no le
quedaban agujeros donde apretar. Aun así, su ánimo no había flaqueado. Se
amoldó a aquella vida en la que evacuaba por el tubo que salía de su intestino
hacia una bolsa que secretamente iba colgada por dentro del pantalón. De tal
manera que, quien no lo supiera, no habría notado su transformación física.
Estaba elegante, pero cada vez más pálido, demacrado, delgado y desesperanzado.
Con el paso del tiempo, sus dolores se hicieron
más agudos e insufribles, hasta el punto de que ya no había calmante que lo
tranquilizara. Su angustia y desasosiego fueron creciendo durante el año y
medio que logró sobrevivir, hasta que todo él se volvió un alarido permanente.
La larga y penosa enfermedad de papá hizo que se le fuera borrando la sonrisa
del semblante.
Mamá no paraba: ordeñaba, araba los campos,
vendía la leche, cocinaba, fregaba. Recibía poca ayuda del apocado tío Cecilio.
La tía Isabel caminaba cada día más encogida, apoyándose en un taburete. Ya
poco podía hacer en las faenas de la casa. Además, mamá, cada noche, seguía con
los rituales de exorcizar la habitación antes de caer rendida en la cama.
En el hospital, mamá había aprendido a inyectarle
los calmantes. Al principio, las dosis de morfina eran distanciadas y seguían
un horario. Luego se fueron acortando en el tiempo. Terminó por ponerle una
inyección cada vez que sus alaridos se oían a más de cien metros a la redonda.
No sé si fue por la morfina o por su larga
postración, pero su circulación empeoró tanto que se le abrieron unas llagas
cada vez mayores en los muslos, que supuraban sin cesar. Eran como bocas
alargadas, en carne viva, que desprendían un penetrante olor a podrido.
Las pocas reservas de masa corporal de mi padre
también se fueron agotando. Cuando mi madre lo cogió en brazos para
amortajarlo, comentó:
—Es como de papel ligero. No pesa nada.
Se había quedado con la piel pegada al hueso.
Yo siempre me sentía muy apegada a él. Le era muy
obediente. Cuando ya no podía levantarse de la cama, se le secaba
mucho la boca. Sus labios se abrasaban por la calentura. La sed lo desesperaba.
Pedía agua a gritos, llamando a mi hermana —por ser la mayor— si mi madre no
estaba.
Mi
hermana solía llevarle muy poca. No sabía cómo sacarla del pozo. Ataba el vaso
metálico a la cadena y, cuando lograba agarrarlo, más de la mitad del agua se
había volcado por el balanceo irregular de la subida. Aquello lo sacaba de sus
casillas.
Un
día me llamó:
—Sabelita,
cariño, vete y córtame la vara más larga que encuentres y me la traes.
Yo
corrí encantada a complacerlo. Le llevé la más larga que pude encontrar y
cortar. No tenía ni idea de para qué la quería. Luego él la usó para zurrar a
mi hermana.
Así,
sin quererlo, me convirtió en el azote de mi hermana. Supongo que eso hizo que
ella fuera arisca conmigo y le costara demostrarme afecto. Algo comprensible.
Mi padre, con su mezcla de
fe, miedo y ternura, buscó su lugar en un mundo que se le iba apagando. Yo lo
miraba sin entenderlo del todo, pero sabiendo que cada gesto suyo era un
intento de seguir vivo.

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