Cap. 3. La herencia del aire

 


Hay recuerdos que no se guardan en álbumes ni en cajones, sino en el propio cuerpo. En mi infancia, la respiración fue una batalla diaria: noches de ahogo, vahos de eucalipto, jarabes espesos y el chal negro de mamá envolviéndome contra el frío y la niebla. Entre fiebre, miedos y muebles que cobraban vida en la penumbra. 

Aquí cuento cómo se vivía el asma cuando nadie sabía nombrarla, cómo se curaba con lo que había y cómo el amor materno sostenía lo que la medicina no alcanzaba.


Cuando nací me tocó una herencia familiar. No te creas que era de fincas, joyas o dinero, sino de enfermedades: las de mi abuelo materno y mi abuela paterna. Ambos eran asmáticos. Cada cual lidiaba con su padecimiento como podía, en una época en la que se sabía poco o nada sobre las enfermedades respiratorias.

No recuerdo ni un solo día de mi infancia en que pudiera respirar a pulmón lleno. Siempre tenía algo en el pecho que sonaba como un pito, tanto al inhalar como al exhalar. Aquello era agotador.

Un invierno me puse muy grave. Era un día gris. Hacía mucho frío y la niebla era profunda. El aire era tan espeso que parecía tener cuerpo; cada bocanada era una lucha. Mamá me envolvió en su chal de lana negro. Cruzó, conmigo en brazos, el Sil por un puente de madera que ahora no sé dónde estaría situado, pero seguramente en Villaverde de la Abadía. Me había pasado toda la noche en un ahogo. “Creí que te morías”, me comentó mamá más adelante. No puedo recordar al médico de Villalibre al que me llevó; mamá dijo que yo estaba inconsciente al llegar a su consulta.

Me recetó una buena tanda de antibióticos que mamá debía pincharme en las nalgas cada ocho horas. Una vez la dosis iba en un lado y la siguiente en el otro. Al poco rato notaba un sabor amargo que me subía hasta la garganta. Poco a poco mis bronquios empezaron a despejarse y a dejar pasar el aire. Cuando ya se terminaba la semana, una de las inyecciones se me cristalizó. Se me hinchó la nalga, me dolía mucho y me impedía caminar. Mamá me estuvo poniendo paños calientes cada poco hasta que el bulto se disolvió.

Los accesos de tos eran constantes. En invierno mis ahogos solían ir acompañados de fiebre alta.

Una de las veces en que estuve más enferma fue cuando mis padres estaban construyendo la casa nueva. Yo tenía fiebre. Mamá me subió a la casa de la tía Isabel para que durmiera un poco. Aquella habitación me resultaba tenebrosa. Las paredes, construidas de caña y barro, eran de un ocre oscuro. Tenía un solo ventanuco que daba al camino de los vecinos, con los que mi familia no se hablaba. Yo no sabía por qué motivo ni si habían discutido por algo. El caso es que aquella familia nunca nos saludaba al pasar por delante. Era un matrimonio con un hijo y una hija, ambos muy guapos, altos y delgados. No supe nunca nada más de ellos.

La madre era también muy alta y tenía el pelo muy rizado. Me imponía respeto, casi miedo, al verla.

Me quedé plácidamente dormida después de que mamá me administrara una cucharada del jarabe que solía darme cuando estaba peor. Sentía mucho calor y se me pegaban las sábanas por la humedad que me brotaba de dentro. Luego el armario que tenía enfrente empezó a moverse. Se balanceaba hacia los lados, caminando sobre sus patas. Se ondulaba e inclinaba hacia adelante a la par que se iba acercando a mí. Entonces sentí una presión muy grande en el pecho. Aquel armatoste gigante me presionaba de tal manera que no me dejaba respirar. Quería gritar llamando a mamá, pero la voz no me salía de la garganta. “Me va a aplastar si no grito”, pensaba yo. Después de luchar contra mis bronquios conseguí sacar fuertes gritos: “¡Mamá, mamá!”.

Al cabo de un rato mi madre llegó corriendo. Me abrazó, irguiéndome un poco. Entonces el peso dejó de aplastarme y el armario se quedó quieto y rígido. Mamá me tocó la frente; noté su mano fresca y me alivió.

—Está ardiendo —dijo—. Hay que meterla en el barreño con agua fría.

Ya no recuerdo más de aquella terrible pesadilla.

Al cabo de un rato, mamá, abrazándome, y retirándome el pelo mojado de la cara, decía:

—Gracias a que la oyó la vecina y me avisó. —No se ha portado mal la mujer —añadió la tía Isabel—. Es de agradecer. —Pues sí —respondió mamá—, la niña estaba muy grave.

En medio de aquellos episodios terribles siempre me quedaban las flemas y las mucosidades. Para ninguna había remedio medicinal en aquel momento. Así que me daban té de menta o yerbabuena con miel. Lo que más me calmaba la tos era el té de orégano. Otras veces tenía que ponerme delante de la palangana, desnuda de cintura para arriba, tapada completamente por una toalla enorme, para tomar vahos donde flotaban hojas de eucalipto. Sudaba mucho. Era la única forma de que se me limpiaran las vías respiratorias y se me quitaran las flemas y los mocos casi por completo.

Después se me quedaba la nariz hinchada y rojiza, agrietada por los esfuerzos de sonarme cientos de veces. Mamá no daba abasto a surtirme de pañuelitos de tela suave, pero aun así las heridas internas de la nariz no se curaban más que dándoles masajes, por dentro y por fuera, con manteca de vaca.

Un olor que siempre impregnaba mi ropa, mis días y mis noches era el visvaporú. Mamá me embadurnaba el pecho, por delante y por detrás, con aquel ungüento verde transparente de olor a menta concentrada. Era la única forma de que, al final de las fatigosas toses nocturnas, llegara a conciliar el sueño.

El clima de Dehesas, con tantos chopos, me sentaba fatal, sobre todo cuando soltaban aquel polen que parecía agujas que se me clavaban en la garganta. 

Mamá me abrigaba mucho con chales, jerséis, chaquetas o leotardos de lana. Yo sentía muchos picores por todo el cuerpo, pero era algo de lo que nadie hacía caso porque era pequeña. En aquella época, si te quejabas de algo, no se prestaba atención: los niños no contábamos. Solo se hacía caso de lo evidente. Y a mamá ya le sobraban las cargas familiares y mis crisis asmáticas, por lo que mis picores no eran algo que le resultara importante.

Yo tampoco averigüé que era alérgica a la lana hasta que una de mis estudiantes me regaló un chal cuando yo tenía ya cuarenta años. A medida que pasaron los años fui evitando ponerme algo tejido con lana, aunque no averigüé el motivo hasta entonces.

No sé si mis crisis asmáticas fueron motivadas por mi alergia al producto de las ovejas o si esta alergia las acrecentaba. Cuando yo era niña no se hablaba de las alergias como algo a lo que hubiera que prestar atención médica, ni a la hora de vestir ni de comer.

A veces pienso que aquella herencia no fue solo de enfermedad, sino de resistencia.





Este texto (Cap. 3. La herencia del aire) es propiedad de Berta-Isabel Cuadrado Álvarez. No se puede copiar. Tampoco compartir sin mencionar a la autora.

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