Cap. 3. La herencia del aire
Hay recuerdos que no se guardan en álbumes ni en cajones, sino en el propio cuerpo. En mi infancia, la respiración fue una batalla diaria: noches de ahogo, vahos de eucalipto, jarabes espesos y el chal negro de mamá envolviéndome contra el frío y la niebla. Entre fiebre, miedos y muebles que cobraban vida en la penumbra. Aquí cuento cómo se vivía el asma cuando nadie sabía nombrarla, cómo se curaba con lo que había y cómo el amor materno sostenía lo que la medicina no alcanzaba. Cuando nací me tocó una herencia familiar. No te creas que era de fincas, joyas o dinero, sino de enfermedades: las de mi abuelo materno y mi abuela paterna. Ambos eran asmáticos. Cada cual lidiaba con su padecimiento como podía, en una época en la que se sabía poco o nada sobre las enfermedades respiratorias. No recuerdo ni un solo día de mi infancia en que pudiera respirar a pulmón lleno. Siempre tenía algo en el pecho que sonaba como un pito, tanto al inhalar como al exhalar. Aquello era agotador...