5.5. El día después
Aquel día, la muerte de mi padre
transformó la casa en un territorio extraño donde los adultos imponían rituales
que yo no entendía. Entre el luto repentino, las órdenes de una mujer
desconocida y el cuerpo inmóvil de papá, descubrí por primera vez el desconcierto
de la infancia ante la muerte. Este episodio es la memoria de ese tránsito: el
instante en que una niña aprende, sin comprenderlo, que su mundo acaba de
partirse en dos.
A las pocas horas de haber muerto mi padre, se presentó en casa una mujer enlutada. Era mayor que mi madre. Pronto me enteré de que era prima de mi padre y que se llamaba Felisa. Yo nunca la había visto, pero llegó como Pedro por su casa, dando órdenes. Era raro que mi madre las aceptara, pero creo que estaba tan rendida que no tenía fuerzas para oponerse.
Después de hacer y deshacer, para asombro de la tía Isabel, le dijo a mamá con desparpajo y autoridad:
—Me llevo a las niñas.
Su casa estaba muy cerca de las escuelas, en una zona ajardinada, junto a la carretera. Vivía sola. Luego me enteré de que era viuda. No recuerdo si tenía hijos, pero no vivían con ella. Su hogar era acogedor, lleno de detalles preciosos: lámparas sobre las mesillas que se apoyaban en tapetes de ganchillo, muñecas que reposaban su cabecita en las almohadas, cuadros de ángeles y arcángeles en los dormitorios, muebles de madera bien cuidados y brillantes. Olía a limpio y a cera de conservar muebles. Me pareció un palacio. Aquella señora era estricta, pero amable.
Nos dio de comer un postre rico: arroz con leche y canela.
Luego nos bañó en su bañera, nos secó y nos llevó a una habitación con una cama matrimonial donde estaban tendidos dos conjuntos de ropa pequeños. Poco a poco nos fue poniendo unas medias gruesas, una blusa, una falda que nos llegaba por debajo de la rodilla y, encima, una chaquetita. Todo era negro. Completamente negro. Toda aquella ropa parecía haber sido hecha a medida para mi hermana y para mí.
A veces me he preguntado cómo era posible que, alguien que nunca pisaba nuestra casa, tuviera aquella ropa preparada para vestirnos a las dos de luto riguroso.
Orgullosa de su hazaña, nos llevó de vuelta a casa. Cogidas de la mano, nos metió en el dormitorio donde yacía el cuerpo inerte de mi padre.
Papá estaba vestido, sobre la cama, con un traje negro que le quedaba holgado y unos zapatos que ahora brillaban más de lo normal. Tenía las manos amarillentas extendidas sobre su vientre ahuecado, en el que habían enroscado un rosario de nácar. No me daba miedo mirarlo aunque no me dijera nada. Habían cerrado sus ojos y sobre ellos llevaba una moneda de cobre en cada párpado. No creía que así pudiera abrirlos. La señora Felisa entonces me irguió por la cintura para que pudiera inclinarme.
—Anda. Dale un beso de despedida a tu pobre padre —me ordenó.
Yo obedecí. La piel de papá era parecida al mármol, pero algo húmeda.
Pensaba que debía llorar, como todo el mundo, pero no. Yo no tenía lágrimas. Tampoco entendía porqué debía llorar.
De la misma manera agarró la prima a mi hermana, dándole la misma orden que a mí, pero Olguita se resistió. Empezó a patalear en el aire:
—No quiero. ¡Suélteme! ¡Mamá, mamá! —se desgañitaba mi hermana tratando de zafarse.
—¿Qué pasa? —entró preguntando mi madre, que había ido a tomar un caldito de gallina a la cocina.
—Que esta maleducada no quiere besar a su padre —replicó la señora, sin soltar a mi hermana.
—Pues déjala. No la obligues. Está asustada —le respondió mamá, cogiéndonos a ambas de la mano y llevándonos a la cocina.
Cuando la tía Isabel nos vio entrar, se santiguó.
—¿Pero quién le puso a las niñas estos farrapos? —preguntó a mamá.
—Felisa. Pero a callar, que no quiero jaleos un día como hoy. Así que chitón. No me conocía hasta ayer y mírala hoy… —comentó mamá en voz baja.
Mientras, desde la habitación de papá venían sollozos y gritos:
—¡Con lo joven y guapo que eras! ¡Qué pena más grande! —y otras frases que ya no recuerdo.
Sobre las cinco de la tarde, yo estaba con Alfredito, escondida detrás de un muro de ladrillo que se estaba construyendo al otro lado de la calle, frente a nuestra casa. Así vi cómo los compañeros de trabajo de papá sacaban un ataúd de color marrón brillante, apagado por el frío y la niebla. Luego salió mamá, toda de negro, con la cara hinchada de llorar. La llevaban dos mujeres agarrada por ambos brazos. Perecía que ese iba a caer de un momento a otro. Detrás el tío Cecilio llevaba su gorra en la mano. Nunca le había visto sin ella. Estaba pálido, afeitado y llevaba la camisa abotonada hasta arriba. Perecía más encogido que de costumbre.
Afuera les esperaba casi todo el pueblo. Empezaron a santiguarse y a sollozar al ver aparecer el féretro. Luego los vi partir detrás, formando una procesión silenciosa, hacia la iglesia.
Un día me llevó mamá a ver su tumba. Estaba en la esquina derecha, donde da la curva el camino que baja hacia el río. Plantamos unos lirios bordeando el pequeño montículo que formaba. Un año en que volví a verla se había hundido un poco. Su tumba no tenía ni siquiera una cruz ni ninguna señal de que allí yacían los restos de mi progenitor. Más adelante, desapareció por completo. Encima construyeron la primera fila de nichos. No hay ninguna lápida a su nombre porque mamá no tenía dinero para exhumar sus restos y colocarlos en un nicho. En ella tendría que haber sido escrito —por casualidad mis apellidos coinciden con los suyos—:
Nicanor Cuadrado Álvarez 18/11/1932 – 12/11/1961
“Tu esposa e hijas no te olvidan.”
Desde el día de su entierro sentí que había pasado a formar parte de otro tipo de niños: los huérfanos. Los que ya no tienen el apoyo emocional ni la fortaleza de saber que hay un padre sosteniendo la mitad de su mundo. Crecí con esa falta, con ese hueco silencioso que se instala para siempre y que marca la manera de mirar la vida.

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