Cap.5.1. El olor de la despedida
Hay recuerdos que no se guardan en fotografías ni
en objetos, sino en el cuerpo. Algunos permanecen como una luz, otros como una
herida, y otros —los más difíciles— como un olor que nunca se va del todo. Esta
es la historia de mi padre tal y como la vivió una niña de seis años:
fragmentos de memoria, voces ajenas, silencios, y un último adiós que impregnó
para siempre la casa y mi vida.
¿Qué recuerdos puede tener una niña de seis años
sobre su padre? Muy pocos. Así que reconstruiré su figura con los retazos que
guarda mi memoria, mezclados con lo que escuché contar a distintas personas
sobre él.
Mi padre murió seis días después de que el tren nos matara las vacas.
El día que papá murió, toda la manzana donde
se encontraba nuestra casa se inundó de un hedor putrefacto, tan profundo y
penetrante que pasaron años sin que la gente del barrio pudiera olvidarlo.
Nunca habían sentido nada igual. La náusea parecía salir de las entrañas de la
tierra, como si algo más que un cuerpo se estuviera descomponiendo: una nube
invisible que anunciaba su partida.
Aquel olor se quedó registrado en mi cerebro de
tal forma que perdura en mí. Hasta el punto de que, a veces, me he dado cuenta
de que alguien tiene cáncer por el olor que desprende su cuerpo —por increíble
que esto pueda parecer.
Mi padre murió siendo adicto a la morfina. Aunque
creo que, en sus últimos días, ni siquiera esta le hacía efecto. El dolor lo
había vencido. Era muy joven cuando enfermó de cáncer de colon. Debía tener
veintisiete años cuando se lo detectaron. Antes había estado de baja por un
accidente en la empresa: se rompió un brazo y lo tuvo escayolado. Aquel accidente fue el inicio de una cadena de desgracias que
marcaría el resto de su vida.
La enfermedad llegó sin avisar, como una sombra
que se instala sin pedir permiso. Antes de que se culminara la techumbre de
nuestra casa nueva, mi padre tuvo un accidente en su trabajo en ENDESA y se
rompió un brazo. Eso ralentizó la terminación de nuestra vivienda. Por entonces
trabajaba como peón en la construcción de la Central Térmica de Compostilla I,
en Ponferrada. Tenía seguro de enfermedad, algo poco frecuente en aquella
época.
Mi padre comenzó por estreñirse. Luego le
detectaron un pólipo. Después, el diagnóstico definitivo: cáncer de colon. Para
entonces ya nos habíamos mudado a la nueva casa. El cáncer avanzó rápido. Mi
madre —que ya cargaba con la casa, la huerta, las niñas, los pocos animales que
nos quedaban y sus tíos mayores y enfermos— se convirtió también en enfermera.
Cada día le preparaba las inyecciones de morfina, mezclando los polvos blancos
con el líquido transparente que venía en la misma caja. Yo veía aquellos frascos
como parte del paisaje doméstico, sin entender qué contenían. Eran el único
alivio posible para aquel hombre que se apagaba poco a poco.
Mi padre había nacido en una familia numerosa.
Fue el último hijo de una mujer que lo dio a luz a los cincuenta y un años. Mi
abuela Felicidad —cuyo nombre siempre me ha parecido incongruente y poco
adecuado para ella— era una mujer pequeñita, frágil y enfermiza. Ella había
nacido con asma alérgica, enfermedad que me transmitió. Su corazón y sus
pulmones estaban debilitados por los continuos ataques que la postraban en cama
durante los largos, fríos y húmedos inviernos. Tal vez por eso no fue
casualidad que mi padre enfermara gravemente tan joven.
No recuerdo la voz de mi padre, ni sus gestos de
dolor, ni si, desde que enfermó, alguna vez me acarició. Solo tengo la imagen
de su cuerpo en la cama, cada vez más delgado, más ausente. Y el olor. Aquella
hediondez que parecía quedarse pegada a las paredes, a las sábanas, a la
memoria.
Con su enfermedad aprendí a mirar el dolor con
los ojos abiertos.

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