Cap. 3. La vida entorno al fogón

 


En la casa nueva, la cocina era más que un lugar: era el fogón alrededor del cual se cocinaba la vida. Allí se mezclaban el calor de la leña, las historias dramatizadas de los folletines, las labores de costura, las discusiones familiares y también las pequeñas torturas de la infancia. Entre lecturas, lavazas, lombrices y filandones, aquel espacio se convirtió en el escenario donde viví mi primera infancia, soñé y sufrí, mientras la casa entera latía al ritmo del fuego.


Aquella habitación era el corazón donde todo latía. Era amplia, y en ella hacíamos la mayor parte de la vida. Al principio, mis padres no tenían dinero para amueblar el salón. Estaba vacío, frío y no se entraba en él. Detrás de una puerta acristalada estaba una habitación vacía esperando a poder amueblarse algún día. Cuando las ganancias de mis padres lo permitieran. Mientras, en la cocina se estaba caliente. Teníamos una “cocina económica” que funcionaba con leña y carbón y mantenía casi toda la casa caliente. Su depósito de agua también nos proporcionaba agua caliente. En ella no solo se cocinaba: se cenaba pronto y, después, íbamos al filandón cuando tocaba.

Otras veces, venía a casa la tía Josefa, sobrina del tío Cecilio, aunque casi tenían la misma edad. Era una mujer educada, hablaba un castellano perfecto y le encantaba leer, detrás de sus lentes, interpretando. De vez en cuando, se detenía. Levantaba la vista. Entrecerraba aquellos ojillos suyos azules y vivarachos. Nos miraba de un lado al otro inspeccionándonos, mientras esbozaba una leve sonrisa. Nos auditaba para comprobar si le seguíamos la narrativa. Unas veces leía los folletos recién adquiridos por mi madre. Otras veces ya los traía ella de su casa.

Mi madre compraba los números sueltos de los libros que traía un librero ambulante. Eran “novelas por entregas”, aunque ella los llamaba “folletines”. Todos escuchábamos boquiabiertos aquellos relatos dramatizados. A la par hacíamos labores de costura: coser, hacer ganchillo, hilar la rueca, escardar lana… o simplemente escuchar, con las manos cruzadas en el regazo o acogiendo a un pequeño en el colo (regazo). Aquellas historias, unas veces me hacían soñar, como con Los Tres Mosqueteros imaginando sus batallas de espadachines ¡Zas, zas! Hasta me parecía escuchar el sonido del metal al entrechocar. ¡Que miedo pasé con el relato de El Monte de las Ánimas! Otras veces podía ver hasta cómo se les caía la carne a trozos a los enfermos leprosos de la Isla de Molocay, dejando ver sus dientes sin labios que los cubrieran. Otras, sentía mucha pena y ganas de llorar por las vidas trágicas de los huérfanos de aquellas novelas… Aquellos personajes me habitaban, de día y de noche. Disfrutaba de sus aventuras y sufría con sus congojas. Vivía la literatura como si existiera en un mundo paralelo a mi realidad que se prolongaba en mi mente después de haberlas escuchado.

Después del placer de la lectura me llegaba la tortura. Al llegar la hora de dormir, mi madre encendía una lámpara sobre la mesa. Me ponía boca abajo sobre sus rodillas. Con un pañuelito muy fino y suave empezaba a limpiarme las lombrices, que salían atraídas por la luz o el calor. No sé. El caso es que tenía un enjambre de esos bichitos que mi madre cazaba uno a uno. Aquellos parásitos parecían no tener fin. Era un suplicio. Me dejaba escocida.

El otro método matutino era aún peor: una cucharada sopera de azufre con azúcar, cada mañana al levantarme. Sabía y olía a rayos. Nadie me libraba de aquella fechoría. No entiendo cómo no morí envenenada. Una vez le comenté a uno de mis médicos de cabecera si los problemas estomacales que tenía podrían ser debidos a aquellas ingestas y él me contestó que era imposible que hubiera sobrevivido si me hubieran dado azufre. ¡Bueno, estoy aún aquí… y sin lombrices!

Nuestro servicio era pequeño. Solo tenía taza y lavabo. Además de agricultores pobres tampoco estábamos educados en lo importante que era tener un buen espacio en el baño para la higiene. Así que no podíamos ducharnos ni tampoco bañarnos en casa, salvo cuando íbamos al río. Eso sí, a diario nos lavábamos, por partes, en un barreño o en la palangana. No me extraña que tuviera toda clase de parásitos porque siempre tenía las manos y las uñas sucias de jugar en la calle. Mi higiene dejaba que desear. Aunque mamá insistía en que me frotara las manos con agua y jabón a todas horas.

 

En la cochera (cuadra de cerdos) siempre había una pareja para la matanza. Se alimentaban con lavazas: restos de hortalizas y verduras mezclados con salvado. En principio era tarea del Tío Cecilio la de llevarles la comida. Luego, cuando él no estaba disponible, mamá empezó a pedirme que lo hiciera yo. Colocaba las sobras vegetales dentro de la pila que servía de comedero. Encima tenía de espolvorear varios puñados de salvado. Al final tenía que añadir un poco de agua fresca y removerlo todo con mis manos. Supongo que aquella mezcla, que me resultaba de un tufo ácido, era deliciosa para nuestros gorrinos porque rápidamente se lanzaban a hozarla y no dejaban ni rastro de ella. Tampoco sería una tarea higiénica para mí, aunque me frotaba con agua y jabón, el olor ácido de aquel mejunje se me quedaba impregnado en las manos durante horas, como si la pocilga no quisiera soltarme.

En nuestra casa solía reinar la paz excepto por las trifulcas que montaban mi padre y la Tía Isabel. Papá y ella no se podían ni ver. Sus relaciones se volvieron cada vez más difíciles. Ambos querían mandar. Ella no aceptaba ser una persona mayor. Quería desempeñar el papel de matriarca. Él intentaba hacerse cargo de las cosas importantes, pero, con el tiempo, tuvo que ceder.

Sus discusiones eran un duelo: él con su tacañería, ella con su orgullo de cocinera.

Mi padre era muy ahorrador, o más bien tacaño. No es que mi tía fuera derrochadora, pero como tenía espíritu de cocinera profesional, de vez en cuando quería que se comiera carne de ternera, caballo o cabrito. Eso siempre provocaba discusiones:

¡No te digo la vieja! ¡Quiere comer carne como si fuéramos millonarios!

¡Es que no se puede comer solo carne de cerdo! Hay que variar. ¡Aunque sea una vez al mes! — insistía la tía.

Así que ambos ponían a mi madre entre la espada y la pared.

El tiempo y las circunstancias fueron haciendo ganar terreno a la Tía Isabel y perderlo a mi padre.

Nuestra cocina era el centro de todo: de las historias, de los cuidados y también de las torturas. Allí se cocinaba la vida entera, la buena y la mala.

Este texto (Cap. 3. La vida entorno al fogón) es propiedad de Berta-Isabel Cuadrado Álvarez. No se puede copiar. Tampoco compartir sin mencionar a la autora.

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