Hay amistades que merecen un cuento, y hay cuentos que solo pueden nacer de la risa compartida, de las penas que se atraviesan juntas y de ese cariño que convierte cualquier tragedia en fábula.
Este relato nació así: como un pequeño homenaje a una amiga luminosa,
disfrazado de historia de princesas, príncipes despistados y destinos que se
tuercen para volver a enderezarse.
Un cuento para recordar que incluso en los reinos más remotos, donde la
tristeza parece eterna, siempre puede aparecer una chispa capaz de devolver la
alegría.
Sadeene, la
Princesa que lloraba mares y reía tempestades
Érase una vez una Princesa llamada Sadeene,
que vivía en un país tan remoto que ni el cartógrafo más tozudo habría logrado
situarlo sin acabar bizco y renegando de su oficio. Su nombre le venía que ni
pintado, porque hubo un tiempo en que fue, sin exagerar, la criatura más
tristona que había pisado el universo conocido y el por conocer.
Era menuda como Pulgarcita, blanca como las
nieves eternas del Kilimanjaro y poseía unos ojos y cabellos tan negros que,
puestos al lado, los de Martin Luther King parecerían color de avellana. Su
carácter, además, era más repipi y refinado que el de la mismísima Princesa del
Guisante.
A pesar de todo ello, Sadeene creció vivaracha
como una pandereta y tan instruida que Bernard Shaw habría aplaudido su
sensatez desde la primera fila. Tenía decidido no casarse jamás y reinar,
altiva y sola, como si fuera una Isabel I de Inglaterra —según su historieta— recién
salida del horno.
Pero el destino —que es muy dado a las trastadas—
la hizo tropezar, por puro azar, con un Príncipe majestuoso que le hizo tilín.
Él, armado de verborrea intelectual y un encanto algo sospechoso, la engatusó
de tal manera que, en cuanto asomó un requiebro, ella ya estaba diciendo “sí”
sin saber muy bien cómo había llegado hasta allí.
La felicidad reinaba en aquel dominio con tanta
abundancia que hasta las moscas emigraron al país vecino, hartas de tanta
perfección.
Hasta que, en una hora aciaga, el malaje del
destino volvió a meter la zarpa. El Príncipe, que cabalgaba en su corcel
—porque en los cuentos siempre se cabalga, aunque uno no haga mucho más— tuvo
un tropiezo fatal. Allí quedó, panza arriba, sin tiempo para un “¡ay!”,
marchándose de este mundo y dejando a su Princesa con un vacío que ni los
sabios del reino sabían rellenar.
Y héteme aquí a Sadeene, más desesperada que un
yonqui en pleno mono. Su tesón, antes firme como las vías del AVE tiempo ha, se
volvió natillas. Ni Fofito ni Milikito habrían logrado arrancarle una sonrisa.
Selló su boca con un candado imaginario y condenó a su ejército de dientes a
cadena perpetua.
Lloró tanto, de día y de noche, que sus lágrimas
fertilizaron los campos del reino durante años y años. El tiempo se volvió una
broma pesada: los segundos parecían milenios, y entre hora y hora le crecía el
pelo varios centímetros. Su trenza llegó a ser tan larga y fatigosa que
tuvieron que ponerle un carrito para arrastrarla por los jardines del palacio.
Su crisis era tan monumental que ni Zapatero y
sus “asesores” le habrían encontrado compostura. En aquel entonces, más que
Sadeene, habría que haberla llamado Sadeeness, por la magnitud de su
tribulación.
Una tarde, mientras arrastraba su pena y su
trenza por los crepúsculos del reino, se topó —por chiripa, como ocurren las
cosas importantes— con un galán que resultó ser Príncipe también, y además
vecino. Desde la muerte de su amado, Sadeene no había posado los ojos en varón
alguno. Pero aquel día lo vio… y lo remiró.
Y vaya si lo vio.
Algo de él se instaló en su pensamiento,
llenándola de certezas y regocijos. (No era para menos: el Noble estaba casi
tan bueno como Felipe cuando se preparaba para ser Rey, ¡ahí es ná!).
Los encuentros fortuitos se multiplicaron hasta volverse rutina, como el sorteo
de la ONCE: un día sí y otro también.
Él, además de apuesto, era el hombre más jocoso y
lúcido que ella habría podido imaginar. Todo lo que decía o tramaba le
resultaba saleroso. La hacía reír tanto que, al final del día, descansaba tan
plácida como Pituso, mi gato persa. Era más feliz que los Siete Enanitos
juntos.
Poco a poco, las ojeras de Sadeene pasaron del
negro al malva —que dicen que es el color del amor, vaya usted a saber qué
paleta usa la psique cuando se enamora—.
Su boquita, al principio tímida, dejó escapar
risitas que pronto se volvieron carcajadas. El palacio entero se escandalizó:
¡la viudita se había vuelto jaranera! Ni bajándole la pensión, ni subiéndole el
IVA, ni declarando huelga general —como hacen algunos sindicatos cuando se
acaban las gambas— lograron apagar su júbilo.
El Obispo, alarmado, decidió que aquello solo
tenía un remedio: desposarlos cuanto antes, porque ya era tema de
corrillos en todo el feudo.
Sadeene se resistió, flamante como Letizia —más
tarde Princesa también— cuando trabajaba en RTVE. Pero al cumplirse el año, el
Príncipe ya le había enredado el corazón de tal manera —apretándolo contra el
suyo— que no pudo decir ni “aguanta” ni “quita, quita” ni tampoco “no”.
Así que, una madrugada de primavera, no tuvo más
remedio que darle el “sí”.
Y para celebrar su resucitada alegría, el día del
desposorio se negó a llevar tul. Soltó su mata de pelo y avanzó hacia la
capilla como flotando, mientras cientos de pajecillos corrían detrás intentando
domar aquella catarata de cabellos que se arremolinaban en torbellino.
* NOTA:
Sad= adjetivo inglés que significa "triste".
Sadness= nombre inglés que significa "tristeza"
Madrid, 9 de noviembre de 2008

Comentarios