5.4. La imaginación de papá

 


En este capítulo me adentro en la imaginación de mi padre: un hombre capaz de hacer reír a todo el pueblo y, al mismo tiempo, de temblar ante sus propios fantasmas. Entre bromas, supersticiones y dibujos que aún guardo, descubro cómo su mundo interior marcó nuestra vida y dejó una huella que sigue viva en mi memoria.



Papá, antes de enfermar, había tenido un gran sentido del humor. Le gustaba hacer chistes y bromas pesadas. A veces se pasaba, sobre todo con el pobre de mi tío Alonso, cuando iban juntos a trabajar a ENDESA en bicicleta.

Poco a poco, las mofas de mi padre convirtieron al pobre Alonso en el hazmerreír de todos sus compañeros.

Una vez estaban descargando vigas en la estación de RENFE y —como era el Día de los Santos Inocentes— mi padre le colgó en la espalda un monigote de papel en el que había escrito: “Soy tonto”. Cuando llegó un tren con pasajeros, muchos se asomaron por la ventanilla y empezaron a señalarlo, riéndose a carcajadas. Mi tío, que no tenía ni idea de por qué tanto cachondeo, se volvía hacia ellos y se reía también. Contaba mi padre que todos acabaron desternillándose.

Cuando hablaba del tío Alonso, solía apodarlo “El americano”, porque parece ser que, cuando pretendía a la tía Aurora, venía a verla con un traje claro impecable y un elegante sombrero de ala ancha del mismo paño. Supongo que mi padre le habría encontrado un parecido con algún actor estadounidense que hubiera visto en una revista o en el cine.

Sin embargo, la valentía que tenía para mofarse de su cuñado no la tenía en otros aspectos. Mi madre contaba que era “un cagón”. Solía dormir —como a veces hago yo— con los ojos entreabiertos. Además de supersticioso, era muy miedoso.

Una noche se levantó de repente. Agarró los pantalones que colgaban del balaustre metálico, a los pies de la cama, y los arrojó por la ventana. Mamá se despertó sobresaltada.

—¿Qué te pasa? —preguntó.

—Pensé que era el demonio, que me miraba fijamente. Quería deshacerme de él —respondió, intentando justificarse.

—¿Pero no entiendes que eso es imposible? —insistió mamá, sabiendo que no la comprendería.

—Pues no. Los demonios acechan por todas partes. La que no lo entiende eres tú.

Otra noche, mamá le pidió que trajera agua del arroyo, que pasaba por el borde del barranco, a unos doscientos metros de casa. Al rato volvió corriendo y gritando sofocado:

—¡Hay un fantasma entre los chopos!

Armada de paciencia, mamá le dijo:

—Vamos a ver ese fantasma.

—¡Vete tú sola! ¡Yo no vuelvo!

Mamá insistió hasta convencerlo, llevándolo del brazo como si fuera un niño. Al llegar a la altura de la presa, papá quería salir huyendo.

—¡Ahí está! —exclamó.

Pero mamá lo sujetó.

—Dentro de un momento volverá a aparecer, porque eso que ves no es ningún fantasma, sino el faro de un coche.

—¡Sí, claro! ¡Un coche va a estar encima de un árbol!

—Claro que sí. Está pasando por la carretera de Villalibre, y como está más alta que nosotros, cuando da las curvas parece que viene hacia aquí. Esas son las ráfagas de luz que has visto. No es nada de lo que tú pensabas.

Mamá lo contaba teatralizándolo.

No sé si mi padre, al ser una persona artística, se sentía desbordado por su imaginación. De ser así, parece que le jugaba más de una mala pasada.

Creo que, de haber tenido oportunidades de aprendizaje, habría sido un gran dibujante. Yo heredé de él su afición a dibujar, además de leer y escribir. No sé cuánto tiempo fue a la escuela de Villaverde de la Abadía, pero tenía una letra pequeña y muy bonita, aunque con algunas faltas de ortografía. Lo revelan algunos escritos suyos que conservo.

Le gustaba copiar textos de los pocos libros que teníamos: vidas de santos, poemas o pasajes bíblicos. Como aquel que se refería a la orfandad:

“Yo también en todo tiempo tuve un padre querido, que pan y calor me daba, consuelos y caricias.”

Durante muchos años repetí ese verso como un rezo. Era mucho más largo, pero ya no puedo recordar más que ese pequeño fragmento.

Papá leía la Biblia y hacía dibujos basados en la vida de Jesús. Copiaba los que encontraba en los libros, caricaturas de la prensa o escenas religiosas. Uno de los que recuerdo es un retrato a lápiz de La Sagrada Familia del Pajarito, de Murillo. Aún puedo ver sus trazos: los pliegues de la ropa, el pelo ensortijado del niño, el pajarito en su mano, los rizos del perrito, la barba de San José y la Virgen hilvanando la lana mientras mira al niño.

En su libreta había una página con cabezas caricaturescas en color azul, hechas con uno de aquellos lápices que se chupaban para que el trazo se volviera de ese color. Te teñía la boca morada. Las cabezas estaban de perfil. Una de ellas era de una mujer: pelo corto y rizado, labios gruesos, cuello muy largo y una nariz ganchuda, casi partida en dos.

Cuando enfermó, olvidó sus cuadernos de dibujo.

Pero cuando su enfermedad le impidió regresar a su trabajo de peón en ENDESA, comenzó a montar cuadros para la gente que se los encargaba. El truco consistía en colocar una imagen —casi siempre religiosa, sacada de un calendario agotado— sobre una base de cartón reciclado, cubierta con un cristal transparente, también reciclado. Sujetaba los bordes con cinta adhesiva roja, verde, azul o amarilla. Remataba las esquinas con la misma cinta. Luego pegaba, con cola y un trozo de tela adhesiva, un pedacito de cuerda para que se pudiera colgar.

Era un manitas. Conseguía un acabado muy profesional que encantaba a sus clientes, cada vez más numerosos. Cuando murió, debía de ser rara la persona de Dehesas que no tuviera uno de aquellos cuadros suyos del Ángel de la Guarda colgado en la cabecera de su cama o en el comedor.

A veces pienso que su imaginación era su refugio: un mundo propio donde convivían demonios, fantasmas y ángeles, todos dibujados con la misma mano temblorosa y creadora. Cuando dejó de dibujar, algo de él se apagó. Pero sus cuadros siguieron iluminando las casas del pueblo.


Este texto (5.4. La imaginación de papá) es propiedad de Berta-Isabel Cuadrado Álvarez. No se puede copiar. Tampoco compartir sin mencionar a la autora.

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