(Relato
original – 2026)
Poco a poco me voy desperezando. Me siento
cómoda. La cama es algo blanda. Las sábanas son suaves y huelen a limpio.
Levanto la encimera rosada de algodón suave.
“¿De quién es este pijama tan grande que llevo? ¿Quién me lo ha puesto?
¿Cuándo?”
Vuelvo la mirada. A mi derecha entra un foco de
luz, filtrado por unas cortinas gruesas, floreadas en tonos rosados sobre un
fondo verde claro.
Recorro la enorme habitación con la mirada. “He estado antes aquí… ¿pero,
cuándo?”
Nada me pertenece. Nada me reconoce. “Nada de esto es mío.”
Intento incorporarme. Me fallan las piernas.
“¿Y esta mancha amoratada? ¿Dónde me he golpeado? ¿O quién me ha golpeado?”
Me siento al borde de la cama. El mareo me
envuelve.
“¿Qué hace esa ánfora rota en el suelo? ¿Son de oro esas monedas que
sobresalen?”
Al frente, un armario de seis puertas estrechas,
con maleteros cuadrados encima. Algunas puertas están entreabiertas. “No
ajustan bien… son muy antiguas.” Las manillas bailan hacia un lado, como si
tuvieran voluntad propia.
Intento abrirlas. No ceden.
“¿De dónde procede ese olor a algas rancias?” Me
revuelve el estómago.
A la izquierda, un aparador está casi cubierto
por pequeñas pilas de libros. El polvo vuelve ilegibles los títulos. Paso un
dedo y dejo una huella profunda. Los lomos, parduzcos, parecen haber
sobrevivido décadas.
“¿Será de ahí el olor a librería de viejo?”
Dos mesillas de noche flanquean la cabecera.
Sobre ellas, tapetes redondos, hechos a mano, sostienen lámparas gemelas de pie
de mármol y pantalla circular, rematadas por flecos verde aterciopelado.
Mis pupilas recorren la habitación en círculos.
“¿Cuándo y cómo he llegado hasta aquí?”
La cabeza me da vueltas. Mi visión se replica en eco.
Un destello. Aquí hubo un anciano moribundo. En
esta misma cama. Era… “¿Quién? ¿Mi abuelo? ¿Mi tío? ¿Por qué vine yo aquí?” Me
sujeto la frente. No sirve de nada.
Rebusco en mi memoria. Nada. Un vacío liso, como
un disco duro borrado.
Me incorporo lentamente. La cabeza no se
estabiliza. Me balanceo. “Voy a cerrar los ojos un momento.”
Respiro hondo. Varias veces.
“Parece que ya dejo de girar.”
Pongo un pie sobre el linóleo jaspeado que cubre
el suelo de madera. Cede ligeramente, como si respirara.
“Creo que ya puedo erguirme.”
Me apoyo en la cómoda que hace juego con las
mesillas. Camino hacia los ventanales. Me acerco al de la izquierda.
Pongo mi ojo frente a la rendija de luz. Veo un trozo de calle asfaltada,
inclinada hacia la izquierda. Enfrente, parte de una casa de ladrillo.
“Parece una vivienda inglesa… finales del XIX.”
Techumbre de paja. Tres grupos de ventanales cuadriculados sobresalen en el
segundo piso. La puerta principal, centrada.
“Hay alguien tras esas cortinas… una sombra. ¿Quién será?”
Un pequeño jardín rodeado por una valla baja de
piedras irregulares.
“¿Es Navidad? El árbol está adornado… pero apagado. Es de día.”
El césped está cubierto en parte por una gruesa
capa amarillenta.
“¿Qué es eso? ¿Y esas huellas enormes? ¿De qué animal?”
Un escalofrío me recorre. “¿Por qué? Aquí dentro
no hace frío.”
Tengo la tentación de descorrer la cortina.
“¿Para qué? Nada se mueve. Parece el final de la calle. No hay tránsito.”
“¿Entonces de dónde viene este ruido ensordecedor de tráfico?”
Fuerzo la vista. Más abajo, la parte trasera de
una furgoneta blanca, abollada y desvencijada.
“¿De quién será? Parece abandonada.”
La matrícula, amarilla.
“¿No estoy en España?”
Los dientes me castañean. Los pies se me enfrían.
Regreso a la cama.
Me arropo hasta la nariz. Me doy la vuelta, dejando el ventanal a mi espalda.
“La luz es matutina. Alguien debería traerme el
desayuno.”
Una boca se abre en mi estómago.
“¿Dónde estoy? ¿De quién es esta casa?”
Me adormezco.
Arañazos en la puerta. Rugidos. Me sobresalto.
“¿Hay alguien ahí?” Susurros detrás. Nadie responde.
“¿Estoy sola?”
Me acurruco. Tiritando. La ropa ya no calienta.
La luz se vuelve mortecina.
“Debo irme. Tengo que salir de aquí. ¿Pero adónde?”
Empiezo a enfocar un tubo transparente y
estrecho. Una gota resbala por él. Luego otra. Intento hablar, pero un cartón
duro me atraviesa la garganta. Mis cuerdas vocales no responden.
Una mano acaricia mi cabeza. Giro un poco. Enfoco. Desenfoco. Vuelvo a enfocar.
Todo es blanco. La claridad me ciega.
Una figura se yergue a mi lado. Sonríe. Su
sonrisa tiembla.
—Hola, cariño —dice—. Soy mamá.
Trago con dificultad. Quiero hablar, pero no
puedo. La miro, preguntándole sin palabras.
—No hables —susurra—. Te debe doler por la entubación del oxígeno. Has estado
muchas horas sedada. ¿Te acuerdas de algo?
Niego apenas.
—Tuviste un accidente con la moto.
Me pica el pie derecho. Intento mover la pierna
para rascarme. Hay un hueco. No encuentro la pierna. Me sobresalto. Ella lo
nota.
—No tienes… —traga saliva—. Te la amputaste contra el quitamiedos de la
carretera.
Y entendí, por fin, que no era el mundo el que se
había roto mientras dormía, sino yo.
Nota de la
autora
El despertar incompleto nació de una imagen persistente: la sensación de abrir los ojos y no
reconocer el lugar donde una se encuentra. Ese instante suspendido entre el
sueño y la conciencia, donde todo parece real y falso a la vez, me llevó a
explorar la fragilidad de la memoria y del cuerpo.
Es un relato sobre la pérdida, pero también sobre la reconstrucción: la mente
que intenta entender lo que el cuerpo ya sabe.
Lo escribí como quien busca una grieta en la luz, una forma de nombrar lo que
duele sin decirlo del todo.
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Sobre la autora
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