Cap. 3. El burrito

 



Hay animales que pasan por la vida de una familia sin hacer ruido, pero dejan una huella que dura décadas. En mi infancia, aquel pollino pequeño y entrecano fue mucho más que un ayudante en las tareas del campo: fue compañero, cómplice de aventuras y, sin saberlo, maestro de paciencia y ternura.


En casa, los animales no eran solo animales: eran compañía, ayuda y, a veces, maestros de paciencia.

Nuestro pollino no llegaba a la categoría literaria de Platero, pero se le asemejaba en que era entrecano y gris, aunque no esponjoso. También era manso, obediente y cariñoso. Nos arrimaba la cabeza para que se la acariciáramos o rascáramos. Tenía los ojos muy grandes y las pestañas muy largas. Siempre estaba meneando el rabo: unas veces para espantar las moscas y otras, creo, para demostrar que estaba contento.

Normalmente lo dejábamos suelto, paciendo alrededor del nogal, en la pradera que estaba junto a la era. Nunca se escapaba de allí. Agachaba la cabeza mansamente cuando íbamos a ponerle el cabezal. Entonces entendía que tenía que acompañarnos a realizar alguna pequeña tarea. Él no hacía grandes trabajos, pero ayudaba. Era un burro pequeño, pero tenía un corazón que nos llevaba a todas partes.

Tal vez no os parezca alguien importante. Tan solo era un burro. Pero, en aquella época, ese tipo de animal era un pilar fundamental para una familia de agricultores. Mejor hubiera sido un caballo de tiro, lo reconozco, pero nuestra familia no era tan adinerada como para permitirse semejante compra. Tampoco nos decidimos por un mulo, después de la faena que le hizo el del vecino al morderle sus “entre partes”, dejándolo sin testículos. Claro que se lo tenía merecido, por la cantidad de palos que le asestaba al pobre animal.

Un caballo habría podido ayudar a arar, por ejemplo, pero entonces contábamos con la pareja de vacas: una nuestra y la otra del abuelo Lorenzo. No pensábamos más allá que en tener una pareja que tirara del carro y del arado. Fenomenal si, además, daban abundante y buena leche.

Así que mis padres compraron aquel burro que, a diferencia de lo que su nombre denota, era muy inteligente. Ahora me da pena mencionarlo, porque nunca lo bautizamos. Así que no puedo darle un nombre, a diferencia del resto de nuestros animales, donde hasta cada una de nuestras gallinas sí lo tenía: Pedrella, Pinta, Jardinera, Lombricera, Grisácea, etc.

Mi hermana Olga se adueñó de él. Lo usaba para ir a buscar yerba a una huerta que teníamos en el Nogalín, después de la escuela. Allí había manzanos plantados, pero debajo crecía una planta silvestre tapizante que les encantaba a los conejos y a las gallinas.

—Hay que traer comida pa las gallinas —decía mamá cuando llegábamos de la escuela.

—Voy yo —siempre se apuntaba mi hermana.

En un pis pas, el tío Cecilio le colocaba la mantita coloreada al burro y, encima, las angarillas. Luego montaba a Olga arriba.

¡Ala! El burrito salía con la carga: ¡tiqui, taca!, ¡tiqui, taca! Tenía unos andares tan graciosos. Cruzaba las patas al caminar e iba dando saltitos. Parecía que lo hiciera riéndose. Y yo, corriendo detrás, tratando de alcanzarles.

Las vecinas lo miraban partir y comentaban entre carcajadas:

—¡Ay, Dios! Mira. ¡Si parece mariquita con esos andares!

Al llegar al objetivo, Olguita se bajaba deslizándose por la trasera del burro. Arrancábamos las yerbas y las colocábamos con cuidado entre las tijeras de travesaños de madera.

Un día, mi hermana se empeñó en cargar al animal hasta los topes. Luego me obligó a ayudarla a subir a la cima de aquella montonera verde. Mientras yo unía mis manecitas para que las pisara al subirse, le repetí: “Como te caigas, a mí plin”.

Regresamos, como era costumbre, por el camino de la escuela. Ella iba balanceándose para adelante y para atrás, dando saltitos a la par que el burro, mientras las angarillas sonaban ¡cloc, cloc! sobre los lomos del animalico. Yo detrás, brincando de un lado para otro del camino, haciéndole el juego a las patas del borrico.

Al llegar al arroyo, el burro se negó a cruzarlo. Olguita no fue capaz de que le obedeciera para pasar por la baldosa de pizarra que hacía de puente. Se quedó varado y, por mucho que le gritó “¡Arre, arre!”, el pollino, ni caso.

El burro agachaba la cabeza, miraba los reflejos del agua y tiraba para atrás.

—¡Arréalo! ¡Arréalo! —me gritaba Olguita.

Yo le daba palmaditas en las patas traseras, tratando de llegarle al culo. Pero estaba clavado a la orilla. En un momento dado, agachó tanto la cabeza que las angarillas se deslizaron hacia abajo, junto con mi hermana encima. Todo el verde y las angarillas taparon a Olguita, que gritaba dentro del arroyo. Yo no veía más que piernas pataleando en el aire, manos que salían de entre yerbajos y su voz chillando: “¡Ayúdame! ¡Quítame esto de encima!”. Yo no sabía qué hacer: si ayudar al burro, a mi hermana o a las yerbas, que parecían tener vida propia.

Al final, después de mucho trabajo, logró salir empapada y con largas cintas verdes chorreando y colgándole por todos lados. Empezó a escupir hebras verdes que se le habían pegado a los labios; le colgaban de las trenzas, de los hombros y la hacían parecer un monstruo embarrado.

Muy cabreada, consiguió cruzar al burro tirándole del ramal, mientras yo lo empujaba por detrás.

Llegamos mojadas a casa y sin comida para las gallinas. Aquel día, el arroyo nos había ganado la batalla. Regresamos como Don Quijote y Sancho después de pelear contra los molinos de viento.

—¡Madre Santísima! —se santiguaba la tía Isabel al vernos aparecer con aquellas pintas.

El día que tuvimos que deshacernos de aquel pollino, todos lloramos en casa.

Muchos años más tarde, mamá me dijo que quería comprar un burrito para que paciera en la parcela de la casa, pero murió sin poder cumplir su sueño.

Aquel burro fue el primer animal que sentí como parte de la familia. Quizá por eso, cuando pienso en él, aún escucho su tiqui‑taca alejándose por el camino.

Este texto (Cap. 3. El burrito) es propiedad de Berta-Isabel Cuadrado Álvarez. No se puede copiar. Tampoco compartir sin mencionar a la autora.

Comentarios

LUIS ANGEL ha dicho que…
Hola Berta , estas maravillosas narraciones de la infancia, merecen que les pongas tu voz.
Gracias por tu comentario y por leerme, Luis Ángel. Pues me lo he estado pensando. Tal vez lo haga, pero aún no lo he decidido. Besos.