Cap. 4. El principio del fin

 



Hubo un día en que la vida dejó de ser como había sido siempre. Un aviso, una cuesta, un tren y el golpe que abrió una grieta en nuestra historia familiar. Hay sucesos imprevistos que no podemos controlar, por mucho que planifiquemos. Esos marcan un antes y un después en nuestras vidas, pero solo somos conscientes de ello con el paso del tiempo.


El otoño de 1961 fue terrible para mi familia. Pero, siendo agricultores, las labores del campo no podían descuidarse. Mi madre no daba abasto: atender la casa, ordeñar la vaca, cuidar la huerta, hacer el pan, regar a cualquier hora del día o de la noche según el turno, cocinar, lavar, limpiar, hacer de enfermera… Todo se le volvía cuesta arriba.

La mañana del 6 de octubre, el tío Cecilio estuvo desde el amanecer sacando el estiércol de la cuadra. Llenó un carro entero. Mi tío trabajaba lento, así que llegó la hora de la comida y aún tenía que llevar el abono al otro lado de la vía, a una finca que estaba a unos cuatro kilómetros y medio.

Durante la comida, mi madre le insistió una y otra vez:

—Tío, usted debe que tener mucho cuidado cuando llegue a la cuesta de la Cemba. Suba con el carro hasta la orilla de la vía, no lo deje abajo. Porque si sube a mirar si viene el tren y luego baja a arrear las vacas, cuando llegue arriba puede pasar el tren en ese momento y lo mata.

—¡Tonto no soy! ¡Sé muy bien lo que tengo que hacer! ¡No me lo repitas más, que no estoy sordo!

—Tú, botarate, hazle caso a tu sobrina, que ella tiene razón —apuntilló la tía Isabel.

—¡Que sí, que sí! Dejo el carro a la orilla, miro, y si viene el tren no paso. Espero a que pase.

—Eso es. Muy bien, tío. ¡No se olvide! —insistió mamá.

—No, no me olvidaré. ¡No te preocupes!

Al tío no le pasaba nada: no estaba enfermo ni era tonto. Pero era lento en su razonamiento. Se aturdía con muy poco y se quedaba pensativo en cuanto le pedías hacer dos cosas seguidas. Se paralizaba. Con la mano derecha levantaba levemente la boina y se rascaba la cabeza. Así se quedaba un buen rato pensando hasta que conseguía ponerse en marcha. La tía Isabel solía decir que era “apocado”. Por eso le insistían tanto: querían asegurarse de que lo había entendido.

El tío salió nada más terminar de comer, con el carro tan cargado que tardaría más de dos horas en llegar al cruce ferroviario. Entre que soltaba el abono y volvía a atar el carro al yugo, mi madre calculó que para la hora de la cena ya estaría de vuelta.

Pero pasó la hora de la cena y no llegó. Tampoco cuando nos fuimos a la cama.

Sobre las doce de la noche, un Land Rover de la RENFE se detuvo frente a nuestra casa. El ingeniero nos relató lo sucedido: el tío Cecilio había dejado el carro al fondo de la cuesta, subió a ver si venía el tren, no vio ninguno, bajó, arreó las vacas para que tiraran del carro y se dispuso a cruzar. Eran las cinco de la tarde, la hora exacta en que pasaba el TAZ, el tren más veloz de aquella época.

El tren mató a las dos vacas. La ternera que una de ellas llevaba salió despedida y fue hallada muerta unos metros más allá. La vaca preñada era nuestra Estrellita. La otra era Bonita, la de mi abuelo Lorenzo, que nos la prestaba para las faenas del campo.

En aquellos años, una vaca era la fortuna del labrador. Si se morían, no se podían sustituir fácilmente: eran muy costosas. Aquel accidente supuso la ruina de mi familia. No solo no teníamos dinero para comprar una vaca nueva, sino que tampoco lo teníamos para reponer la de mi abuelo.

Mi madre decidió no hacer comentarios en casa sobre el accidente, porque el problema que teníamos era aún más grave.

Los sucesos, tal como se propagaban en aquella época, llegaron más allá de los mares, hasta México, donde vivían muchos de Dehesas que habían emigrado después de la Guerra Civil. Reunieron todo el dinero que pudieron y se lo enviaron a mi madre, que a su vez se lo dio a mi abuelo en compensación por la pérdida de su vaca.

Pero no hubo suficiente para que nosotros pudiéramos comprar una vaca nueva.

Aquel día marcó un antes y un después: perdimos nuestras vacas, pero no la solidaridad de los nuestros. Desde México nos llegó el consuelo y la ayuda. Sin embargo, nuestra preciosa Estrellita nunca más volvió a mugir en nuestra cuadra.


Este texto (Cap. 4. El principio del fin) es propiedad de Berta-Isabel Cuadrado Álvarez. No se puede copiar. Tampoco compartir sin mencionar a la autora.

Comentarios

Entradas populares de este blog

And I Still Rise/ Y aún así me levanto - Maya Angelou

Yo

Capítulo 1 - La mujer de negro