Las pesadillas de Pepo
Entre lo mágico y lo absurdo
Se sentía bastante incómodo.
—¿Y ahora qué te pasa, Pepo? ¿A qué viene ese meneo de
orejas?
Con las tijeras volvió a recortarse aquella barba negra y
espesa que le colgaba como una bufanda mal tricotada. Afeitarse no le
molestaba; ya era costumbre. Pero aquellas barbas repentinas… ¡eran
insoportables!
Soltó un respingo de mal humor. A través del espejo vio cómo
Pepo agitaba sus largas orejas con una solemnidad que casi daba miedo. Le
conmovió su inteligencia.
¿Cómo era posible que aquel peludo adivinara lo que pensaba?
Pero sí. Aquel chucho lo sabía. Era el único ser del planeta capaz de
comprender lo que le ocurría y su estado de ánimo.
Al principio no lo relacionó. ¿Cómo iba a hacerlo?
Siguió cortándose la barba.
—Creo que por hoy lo dejo aquí. Me pasaré la maquinilla
ahora.
Pepo movía las orejas al compás del zumbido sordo de la
máquina, como si marcara el ritmo de un ritual antiguo.
—¿Qué te parece, Pepo? ¿Estoy guapo así?
Se aplicó su Eternity de Calvin Klein. Le gustaban los
perfumes que prometían cosas que nunca pasaban. Pepo volvió a mover las orejas
en señal de aprobación y luego las ladeó, como si escuchara un mensaje que él
aún no sabía descifrar.
En la habitación, abrió el armario.
—¿Qué me pongo, Pepo? No tengo mucho donde elegir…
Descolgó una percha.
—Coño. El traje de la boda del primo Gerardo. Igual me vale.
Se lo probó con torpeza. La camisa le apretaba en el cuello;
las muñecas parecían haberse ensanchado desde el accidente.
—Estoy más fuerte que hace un año… y yo que pensaba que
había adelgazado.
Pepo agitó las orejas.
—Si no me abotono la chaqueta, podría valer, ¿no crees?
El perro lo miró de lado.
—Vale, vale. Ya sé que no te convence. Pero para una
entrevista no me voy a comprar ropa nueva.
Se estiró frente al espejo.
—Si salgo así… no se me ve tan mal, ¿no?
Pepo no se inmutó.
—Bueno, ya. No te gusto así. Como no voy trajeado a diario…
Se pasó la mano por la cara.
—Tengo que aceptar lo que se viene. No hay más remedio.
***
En el taxi enviado por el canal sintió un reconcome en el
estómago. No sabía si era nervios o la certeza de que, dijera lo que dijera, ya
no volvería a ser el mismo.
—Si yo no voy a decir más que la verdad —farfulló—. Si me
creen, bien. Y si no… también.
Miró por la ventanilla.
—Joder, qué lejos queda esto.
Pensó en Manolo, el del bar, que escuchaba más de lo que
aparentaba. Pensó en los hombres de Dehesas, siempre apostados en la puerta de
la iglesia, cotilleando como urracas.
—Hoy se van a enterar —murmuró—. Ya lo creo que sí.
***
En Prado del Rey lo recibió una mujer gruesa, de gafas
enormes y pechera generosa. Le fue explicando el recorrido: peluquería,
maquillaje, ensayo, postura, perfil. A Teodoro le pareció que caminaban por
cuadras sin ganado. Esperaba otra cosa.
—No te preocupes —dijo ella—. El público es muy amable.
—Sí, sí. Yo solo voy a decir la verdad.
Tras el estilista, que lo dejó con la cara embadurnada y el
pelo recauchutado, la mujer regresó.
—Muy bien. Estás muy guapo. Vamos al directo.
El hangar olía a focos calientes, un aroma parecido al heno
seco, pero sin su inocencia. El escenario era una cueva semicircular plagada de
luciérnagas gigantes. Tropezó en un escalón, pero se irguió rápido. El calor le
trepaba por el cuello como una vergüenza antigua.
Dani El Subido lo presentó.
—Esta noche tenemos entre nosotros a Teodoro Aparicio…
Teodoro escuchó hablar de sí mismo como si fuera otro.
—Dicen que es usted un prodigio —insistió el presentador.
—Yo no diría tanto como un pro…
—No nos cabe duda.
Las preguntas se sucedieron. Teodoro explicó lo del
accidente, la guadaña, la sangre, la transfusión. Explicó lo de los sueños.
Explicó lo de la barba.
—¿Y cómo podemos comprobarlo? —preguntó el presentador.
—Yo qué sé…
—Grabaremos lo que sueñes esta noche. Y la semana que viene
veremos si mientes.
Pepo, en su cabeza, meneó las orejas con desaprobación.
***
En el camerino, el olor a potingues le revolvió el estómago.
—Relájate —le dijeron—. Cuando bajes la mano, empezamos a
grabar.
Entró en trance. Su voz se transformó. Habló como el
presidente. Idéntico. Tres minutos exactos.
—¿Es esto lo que soñaste?
—Sí. Esto es.
Pepo volvió a sacudir sus orejas dentro de su mente.
***
El fin de semana siguiente, los cámaras llegaron a su casa.
A las seis de la mañana ya estaban listos. Cuando Teodoro entró, se quedaron
pasmados.
—Joder. ¡Lo que te ha crecido la barba!
Pepo levantó una oreja.
—Sí, así es. He soñado con lo del presidente. Ya estoy hasta
los coj…
—Graba, Luis. Es auténtica.
Pepo levantó la otra oreja.
Lo grabaron afeitándose. Le pidieron regresar al plató.
Pepo se quedó en el umbral, triste, moviendo las orejas como
quien espanta un mal presagio. No parecían gustarle aquellas idas y venidas de
su amo.
—Volveré pronto —prometió Teodoro.
***
Los vídeos se proyectaron en directo. El público gritaba,
aplaudía, se llevaba las manos a la cabeza. Todo coincidía, palabra por
palabra, con la rueda de prensa del martes.
—Teodoro, tienes un superpoder —anunció el presentador
levantándose y agitando las manos.
—Pues preocupado estoy —respondió él pesaroso—. Porque lo de
la barba…
El público rugió. Récord de audiencia.
Teodoro creyó ver a Pepo entre la multitud, orejas hacia
atrás.
—Al menos ya no se reirán de mí en el pueblo —pensó dándose
ánimos.
Pobre Teodoro. No sabía lo que se le venía encima.
***
Otro taxista lo recogió. El trayecto fue largo, demasiado
largo. Se adentraron en una noche sin bordes. Teodoro se quedó dormido.
—Venga, sal. Ya hemos llegado.
El descampado estaba rodeado de montañas de escombros. El
chofer llevaba un pasamontañas.
—¿Qué coño…?
El disparo acortó su pregunta.
En aquel hogar de El Bierzo, Pepo levantó ambas orejas.
El hombre se quitó los guantes despacio, marcó un número.
—Sí, ya está. No se preocupe, señor presidente. A sus
órdenes.
El presidente no quería testigos.
Y aquella noche, por primera vez en un año, la barba no
volvió a crecer.

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