domingo, 27 de abril de 2008

RELATO: La brisa















Miró por la ventana enrejada.

¡Qué maravilloso estaba el trozo de jardín, que se divisaba en la franja que iba de un extremo a otro de la ferruginosa celosía!

El césped se extendía como una brillante alfombra verdosa, donde los pies de los que entraban y salían, iban dejando una huella, que solía desaparecer a los pocos segundos. La naturaleza se apresuraba a borrar todo rastro de humanidad sobre él...¡también podrían, mejor, encaminarse por el sendero empedrado! Pero algunos se empeñaban en irrumpir la solitaria quietud que solía reinar bajo el gran sauce llorón.

En aquel instante el gran árbol se dejaba mecer suavemente, soltando al viento sus colgantes mechones, los iba entrelazando unas veces y desenmarañando otras, de un lado a otro, una y otra vez. A él le atraía aquel vaivén. Podía pasarse horas con la mirada fija, como embrujado por aquel movimiento cinestésico. Nunca podría aprendérselo de memoria. Unas veces furioso, otras lento... a veces inclinado el árbol hacia un lado otras hacia el otro... unas veces agachándolo otras elevándolo... pero siempre imprevisible.

A él le hubiera gustado saber más, ir más lejos con la vista, pero no alcanzaba.

Pestañeó, carraspeó, pero no estaba seguro de si su carraspeo había sido perceptible, tragó saliva, notó sequedad en sus labios...¡agua, necesitaba agua! Había un surtidor justo detrás a la derecha, junto a la pared, recordaba... necesitaba volverse... quería que su piernas obedecieran sus órdenes... lo intentó, una y otra vez... pero todo fue en vano...

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿tenía aún el tiempo sentido?

Los verdes se fueron tornando cada vez más oscuros, lenta, pero irremediablemente, hasta que los colores se volvieron opacos, y luego llegaron las sombras, el cese del ir y venir, el viento se cansó de fustigar. El sauce dejaba caer sus melenas lánguidamente y empezó a moverse con pereza.

La luz de la luna entró a iluminar la estancia.

Debía de haberse quedado adormilado. Ahora sus manos se veían resaltadas por la luminosidad que les caía de fuera. Las había visto, un día tras otro tornarse cenicientas y como sarmientos, ¡extraño el un hombre de 35 años! De nuevo la terrible sed...el intento de acercarse a la fuente... Se abrió la puerta... El dulce y amable rostro de la joven de blanco se inclinó hacia él. Sus hermosos cabellos rubios casi se posaron sobre su hombro. Luego le miró de frente, adivinando su sonrisa. Sabía que le estaba diciendo algo ¿pero qué? Notó el roce suave, como de un pañuelo, limpiando con esmero sus párpados y sus lagrimales...umm! ella siempre le olía a trigo recién cortado -¿cómo sería el tacto de sus cabellos?...de seda, seguro- pensó él. Notó que ella comprobaba si aquel líquido transparente que bajaba sin cesar, invadiendo su cuerpo, estaba en su sitio.

Luego desapareció la visión del ventanal. Vió la fuente al fondo. Todo giró. Ella lentamente lo sujetó por debajo de los hombros. Lo arrastró hacia arriba. Lo despegó, y lo lanzó con cuidado pero con fuerza y energía hacia la superficie blanca, estirada, con olor a limpio, y lentamente extendió todo su joven cuerpo sobre ella. Ahora el techo era su horizonte. Lo cubrió con cálida blancura. Le inclinó la cabeza dejándolo un poco ladeado...ah! de nuevo su mirador. Siempre le producía una sensación de inseguridad perder su vista... Necesitaba saber que el sauce le acompañaba día y noche..y su interminable movimiento le mecía en sueños.

Ella se acercó a la cristalera, dejó caer el cierre hermético, y ...¡por fin! una nueva atmósfera invadió el cuarto enrarecido llenándose de oxigeno fresco. Cuando ella se apartó del frente, una suave brisa llegó hasta su rostro, acariciándolo y reconfortando todo su ser y su espíritu. Era el ritual esperado cada noche, la droga que no le podía faltar. Aquella brisa era lo único que daba sentido a su vida.

Ella volvió a acercarse a su rostro. Esta vez limpiando el contiguo flujo que solía salir de entre sus labios día y noche. Dejó con cuidado, bajo su mejilla derecha, una tela suave y cálida. Él sabía que lo estaba mirando de frente y diciéndole algo otra vez, porque notaba la calidez de su aliento...pero la oscuridad le impedía ahora vez su rostro. Cuando acabó de limpiar su boca, ella indudablemente se dirigió a la puerta. La abriría despacio, como si tuviera miedo de que él pudiera escucharla. Luego él adivinó que desaparecía, como cada noche, tras la puerta...

De nuevo regresó la suave brisa... acariciando su piel... Aquella era sólo suya...la tenía sólo para él toda la noche, ... y hasta temprano por la mañana.

Madrid, 27, abril, 2008

1 comentario:

glo dijo...

¡que bonito relato, Berta¡¡ Me ha encantado