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lunes, 11 de febrero de 2008

RELATO: El cuarto de harina








A Conchita, mi amiga desde la infancia.

“El señor, T. ha muero. ¿Quieres venir conmigo al velatorio?”

Le dio un vuelco el corazón. Ella se agradeció a su madre que le pidiera que la acompañara.

Se pondría su mejor ropa de fiesta. El vestido blanco de vuelo que había adornado con bonitas pegatinas, su chaquetita de percal y los últimos calcetines de ganchillo que su tía le había hecho para los domingos. Toda de blanco. Le sacó bien el brillo escupiendo sobre sus zapatitos de charol negro antes de ponérselos. Se hizo las coletas y se aseguró que los lazos de seda rosa estuvieran en su justo medio. Quería celebrar la ocasión.

Sólo estaban la recién viuda y su hija, que había venido de la ciudad donde estudiaba Magisterio. Les dieron el pésame y su madre se sentó en silencio en una de las sillas frente a los pies del fallecido.

La niña se sentó junto a su madre. No paraba de mover sus pies que colgaban de la silla, aunque no era demasiado baja para tener sólo diez años. Su madre la miró en señal de reproche para que parara. Ella saltó del asiento y se acercó al féretro.

Allí estaba aquel hombre de unos 55 años. Casi calvo. No parecía ser feo. Sus labios eran carnosos, ahora sellados, antes siempre, sin saber porque, le sonreían amablemente. Sus ojos, ahora cerrados, habían sido azules claro, de mirada fría, distante que había usado para mirarla siempre de arriba abajo. Ahora su barba blanca y recia apuntaba a salir, raro en él. Llevaba un elegante traje negro con corbata y camisa blanca. Le parecía extraño que hoy no llevara su habitual chaqueta marrón de punto con bolsillos a ambos lados, ni su pantalón gris con cinturón subido de cintura que dejaba siempre ver sus calcetines blancos por encima de sus zapatos marrones y enormes.

Deseó meter su dedo en la mejilla inerte. Sólo quería asegurarse de que no abriría los ojos, de que no se sentaría de repente en su féretro, de que no se levantaría…Pero no se atrevió, se limitó a dar una vuelta alrededor de la caja. Quería fijar aquella imagen inmóvil para siempre…sólo para asegurarse.

Se sentó de nuevo. Esta vez tuvo cuidado de no hacer ningún ruido y permaneció tranquila observando de vez en cuando a las asistentes que no le parecieron especialmente tristes sino más bien lo contrario. Desvió su mirada hacia las esquinas de la habitación, luego al reflejo de las velas en el cristal de la ventana con las contras de madera abiertas que dejaban entrar la noche.

Las insinuantes figuras reflejadas por la luz amarillenta la arrastraron a la ensoñación. Sintió un escalofrío. Creyó ver al difunto moverse. Sintió como su vello se erizaba. Cerró los ojos y sintió de nuevo su aliento acercándose a su cuello frágil. Sintió un latigazo disparado desde su oído derecho que le recorrió toda la espalda. Quedó paralizada, como atrapada en una red invisible. Él se acercó lentamente por detrás e introdujo sus manazas suavemente por debajo de sus diminutos hombros y las colocó sobre sus botoncitos. Sus pechos habían empezado a crecer, sin su permiso, como algo imparable, para su vergüenza. La apretó contra sí. Ella notó algo turgente sobre su espalda que provenía de su entrepierna. Su cabeza se inclinaba sobre su hombro y empezó a rodearla firmemente. Reaccionó. Con un fuerte empujón se deshizo del lazo de fuego. ¡Y corrió, y corrió…casi sin ver el camino…enloquecida…el corazón queriendo salir por su boca…El sol quemaba a aquella hora de la siesta…Su garganta seca le impedía gritar…mamá!!, Mamá! …Por favor, mamá! …pero su voz no salía…estaba muda! Las lágrimas y la fuerte luminosidad no le dejaban ver la vía. No había parado de correr hasta que tropezó con los raíles… No sabía dónde estaban sus manos. No supo dónde metía los pies hasta que los miró porque no los podía sacar de entre las vías que acaban de cambiar su dirección. No podía sentir el dolor del golpe que su frágil y pequeño cuerpo recibió sobre el acero. De bruces, levantó la cabeza, y entre la cortina de lágrimas y las alucinaciones que de desprendían de los raíles con el calor una sombra gigantesca empezó a acercarse a gran velocidad. Era la hora del TAZ. Las cinco de la tarde. Venía recto, derecho, sin dudas a pasos gigantescos. Como un fantasma oscuro e insinuante. Tiró y tiró …Su diminuto pié no salía. Estaba atrapada. ¡!¿Qué vía era?¡¡ ¿Qué vía era?¡La primera, la segunda¡…Uf!!! Era la tercera…El tren pasó arrastrando de un sablazo su larga cabellera, luego la dejó caer amablemente de nuevo sobre su pequeña espalda…. ¡Pasó!!

Permaneció aún inmóvil unos segundos… le parecieron siglos…Se sacudió su vestidito, se colocó los cabellos pegados a sus mejillas por las lágrimas…cruzó la vía.

Ya no corría. Estaba rendida. Venía de una terrible batalla que parecía haber ganado… El cuerpo magullado. Las rodillas sangrando, el cuerpo espolvoreado con polvos de carbonilla, su ropa sudada, orinada y con lamparones ennegrecidos…Llegó a casa. ¡Qué descanso!
- ¿Dónde…-se ahogó la pregunta de su madre- está la harina? ¿Qué te ha pasado?
- Me caí en la vía… no llegué a comprarla.
- Madre mía… Te podría haber matado el tren. Ven te curare con vinagre. Anda cielo, quítate esa ropa. Y ven que te cure. ¡Vaya golpe…gracias a Dios!


Pero era cierto. Estaba allí,... muerto ¡y bien muerto!

No más miedos. ¿Tendría ella algo que ver?. Porque…la verdad era que varias veces había pensado que sería estupendo si se muriera. Así ella podría volver a comprar a la tienda sin miedo a que la atacara de nuevo.

No había sido ella la única. Su amiga C. le dijo que a ella le hacía lo mismo siempre que no había nadie en la tienda. Pero que su padre le obligaba a ir a comprar allí porque eran vecinos. Así que ella había pedido a Dios que se muriera para que no hiciera más daño a su amiga…

¿La habría oído Dios? En cualquier caso… ahora ya podían estar tranquilas.

Nunca le contó a su madre porqué prefería ir a hacer las compras todos los sábados al pueblo vecino, que estaba a tres kilómetros, cruzando el puente colgante al que siempre había temido, especialmente en invierno, con el río crecido y el viento haciendo que toda la estructura de madera y hierros se tambaleara.

De alguna manera, aunque su madre nunca le hizo preguntas, las dos sabían que la otra lo sabía. Agradeció a su madre que nunca le pidiera detalles. Recordar era tan doloroso... un año temerosa a dormir, por manos que surgiendo de la nada la atrapaban, alientos persiguiendo su cuello, objetos contundentes golpeando su espalda…corría, y corría. Sus sábanas acababan empapadas en sudor. Por el día se sentía vencida por el sueño, pero la siesta la aterraba.

Cuando miró sonriente a su madre esta le devolvió una sonrisa de complicidad.
-¿Nos vamos ya, cielo?
- Sí, mamá... cuando quieras. - Contestó suspirando profundamente.

Saltando de la silla salió colgada de la mano a su madre.

La vuelta fue una fiesta de saltitos alrededor de su madre. En la noche serena, envueltas por una sinfonía de grillos, la enorme luna iluminaba su camino.


Berta-Isabel Cuadrado Álvarez
Madrid, 3 de abril de 2006